| Ojos en el abismo |
19-06-2008 16:13
Por: Nachob
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Tal vez fui demasiado tajante en mis aseveraciones, pero no me gustaba hacia donde derivaba la conversación. No pude por menos que sentirme en todo caso incómodo, y con la sensación de que nos habían engañado, que no nos habían contado todo sobre el motivo por el que habíamos sido enviados allí. Y de ese modo las piezas encajaban mejor. Tantos medios y tanta premura en la investigación. Como otras veces, me sentí manipulado por quienes manejan los hilos desde la sombra.
En todo caso nada podíamos hacer, y más nos valía concentrarnos en nuestro trabajo y no dejarnos llevar por las elucubraciones de nuestro anfitrión, por muy preocupantes que nos pudieran parecer. Y por muy juicioso y prudente que aparentara ser él.
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Los siguientes días navegamos a toda máquina, y nosotros nos concentramos en preparar nuestro instrumental y el plan de trabajo, despejando nuestras mentes de cualquier pensamiento que pudiera enturbiar nuestras tareas. En la mañana del segundo día, mientras tomábamos una taza de café caliente en cubierta disfrutando de los primeros rayos de sol de la mañana, uno de los marineros nos señaló el horizonte indicando que ya estábamos llegando. No pudimos por menos que impresionarnos al ver el escenario que nos aguardaba.
Todavía estaba lejos, pero ya se notaba cómo la tonalidad del mar se alteraba ostensiblemente, haciéndose más ocre, con unos reflejos apagados y sombríos. A pesar de que no había nubes, la luz de sol apenas se reflejaba en aquella zona, que tenía el mismo color que si se estuviera desatando una invisible tormenta sobre ella. Incluso el cielo tenía ese aspecto plomizo del que nos había hablado el capitán. Y tal como había predicho éste, experimentamos esa mezcla de malestar e inquietud que asistir a un fenómeno inesperado y extraño provoca en los seres humanos. Más aún, pues nuestra curiosidad científica se tiñó de la pesadumbre que embargaba a la tripulación, como si nos contaminaran sus malos presagios y su superstición recurrente.
Cuando por fin llegamos al borde de ese peculiar fenómeno, la situación empeoró. Yo estaba en la proa del barco cuando entramos en las famosas aguas negras. Fue como hacerlo en un mar tintado de petróleo. De hecho, mi primera impresión fue que detrás de todo este enigma no estaba más que el naufragio de dos grandes buques por motivos desconocidos, y el vertido masivo al mar de su carga tóxica. Viendo la resistencia que la viscosa superficie mostraba al paso de nuestra quilla, me dio la sensación de que lo que teníamos delante era la mancha más grande de petróleo que había visto en mi vida. Reparando además en la definición de su contorno, me convencí que estábamos ante el mayor desastre ecológico que había tenido lugar en toda la historia de la humanidad, provocado por el choque en alta mar de dos superpetróleos por causas aun por determinar. A saber qué tipo de nocivos productos químicos transportaba el antes nombrado Finisterre. La seguridad de los mares nunca había estado tan comprometida como en aquellos tiempos de descontrolado avance técnico. Y el capitán hablándonos de monstruos marinos... Ahí no había más monstruo que el mismo de siempre: el ser humano y su codicia insaciable.
Tomamos muestras de esas aguas de aspecto oleaginoso y seguimos introduciéndonos cada vez más en la mancha. El día se tornó gris, la marcha del barco se ralentizó y los marineros se pusieron huraños y recelosos. Pronto se negaron a seguir avanzando, alegando que ya estaban suficientemente dentro de la zona.
Yo me dediqué entonces a analizar la extraña sustancia que componía aquellas aguas, mientras mi compañero, entusiasmado con su nuevo juguete, preparaba el minisubmarino para hacer una primera incursión. Parecía un niño con zapatos nuevos, y era ajeno al ambiente pesimista que nos rodeaba. Ni siquiera le preocupaba lo más mínimo tener que sumergirse en aquellas aguas viscosas y lúgubres, donde la luz parecía incapaz de filtrarse.
Examiné los datos del sónar y de las cámaras subacuaticas que llevábamos instaladas. Comprobé que en efecto la densidad de aquel líquido era superior a la normal, casi aceitoso, y que, a diferencia de los vertidos habituales, éste no se quedaba en la superficie, no flotaba, sino que parecía haberse disuelto con el agua formando un nuevo compuesto de naturaleza desconocida que alcanzaba una gran profundidad. Dos cosas me llamaron también la atención. La presencia de bosques de algas largas y llenas de bulbos, cuya especie no supe determinar, y, paradójicamente, la ausencia absoluta de toda vida animal. No encontré ningún tipo de pez, o mamífero, ni siquiera plancton microscópico. En aquellas aguas sólo parecía poder sobrevivir esa extraña alga. Y a pesar de que descendí con los robots autómatas a bastante profundidad esperando apreciar algún cambio, la pauta se mantuvo hasta donde nos dieron los cables. Empecé a sospechar que, fuera lo que fuera lo que llevaban esos buques, no era petróleo normal. Viendo los primeros resultados de los análisis, que apenas resultaban reveladores pero mostraban una base netamente carbónica, comencé a albergar serias dudas sobre si nos encontrábamos no con las consecuencias de un accidente al uso, sino con algún tipo de producto experimental que estuviesen probando las grandes multinacionales, de efectos increíblemente devastadores y que por su irresponsabilidad había acabado contaminando todas aquellas aguas. Lamente no tener mayores conocimientos químicos, pero de algo estaba seguro: era un derivado orgánico de una composición tremendamente compleja, y, a la vez, muy corrosivo. Tal vez ese fuera el problema que tuvieron los barcos que transportaban la sustancia, pues, aunque no de acción rápida, resultaba tremendamente abrasivo. Incluso detecté aumentos sustanciosos en la acidez en determinadas zonas, de una intensidad tan fuerte que incluso harían peligrar la estructura metálica de un barco. Eran auténticas bolsas donde se concentraba un pavoroso ácido. ¿Qué había pasado en aquel sitio? No cabía duda de que se había roto totalmente el equilibrio milenario de aquel mar, y que nada de lo que antes existía permanecía igual. Los efectos futuros eran imprevisibles.
Preocupado se lo hice saber al capitán, quien se mostró partidario de salir lo antes posible de un lugar tan siniestro y, por lo que parecía, poco seguro. Sin embargo, una hora más tarde nos comunicó apesadumbrado que sus superiores le habían dado orden de permanecer el tiempo preciso para que pudiéramos finalizar nuestro análisis. Esto le encantó a mi compañero, que estaba deseando probar el magnífico minisubmarino. Le advertí en todo caso de esas burbujas de composición perniciosa, y prometió ser cuidadoso y hacer una mera prospección entre aquellas algas. En todo caso, según él, la existencia de las mismas garantizaba la no presencia de sustancias peligrosas. Suspiré no muy convencido, pero no podía luchar contra su entusiasmo. Tras las últimas comprobaciones del satélite que mostraban un creciente e imparable incremento en el tamaño de la informe mancha, malos presentimientos se me aferraron como garras a la garganta.
Esa sensación de inquietud y desasosiego no me abandonó mientras veía cómo descendían su sumergible y aquel líquido burbujeante y espeso se lo tragaba. Por un momento tuve la sensación de algo o alguien nos observaba desde lo más hondo de aquellas terribles aguas. Incluso revise mis anotaciones y apuntes sobre orografía submarina de aquella zona, por si existía en ellas alguna actividad volcánica que pudiera justificar los reflejos rojos, intensos como el fuegos, que desde una profundidad increíble para la opacidad de esas aguas, creía apreciar. Como ojos mirándome desde la oscuridad.
Nada más zambullirse tuvimos el primer problema. En aquel fluido viscoso y grasiento no funcionaban las transmisiones. Apenas hubo penetrado unos metros, la radio emitió un chasquido desagradable y se silenció definitivamente. Bien, sólo cabía esperar, pues no teníamos posibilidad de contactar con él. Recé porque mi compañero demostrará una sensatez de la que no solía hacer gala y, al ver que su radio no funcionaba, optase por abortar la misión y regresar al barco. Naturalmente, tras aguardar ansioso varios minutos, desistí de esperar semejante arranque de cordura en él.
Pasaron dos horas interminables en las que el mar cada vez parecía más negruzco, paralelamente el cielo se oscurecía, adoptando tonalidades ocres a pesar de la ausencia de nubes, y nuestras almas no tenían mejor color, pues era inevitable que semejante espectáculo nos afectara a pesar de nuestra condición de adultos y avezados profesionales. Tampoco ayudaba el olor a algas descompuestas que impregnaba el ambiente, y que, en tan acertada como inquietante expresión de uno de los marineros, daba la impresión de que alguien se hubiera dejado una tumba abierta.
Ya me temía lo peor cuando una explosión nos arremolinó a todos contra la cubierta de babor. A unos cincuenta metros del barco una nube de humo nos advirtió de la presencia del pequeño submarino, que endeble emergía ante nuestros ojos. Uno de los flotadores de emergencia había estallado, sosteniéndose únicamente ahora por el otro. Rápidamente el capitán organizó un bote para rescatar a mi amigo antes de que la corrosión acabará con lo único que impedía que se hundiese de nuevo. Yo mismo fui en la lancha, y al llegar comprobé con espanto cómo toda la carcasa estaba corroída en grado extremo, y al mirar al capitán compartí su preocupación sobre lo que en esos momentos aquel ácido podría estar haciendo con el casco del buque. Abrimos la escotilla, y dentro encontramos el cuerpo inerte de mi amigo. Por un momento temí que estuviese muerto, pero gracias a Dios aún respiraba. Lo subimos a bordo, abandonamos el sumergible, no sin antes recuperar las cintas que registraban la información de los aparatos de filmación y recogida de datos de la nave, y partimos a toda máquina hacia la plataforma tratando de salir lo antes posible de aquellas aguas ponzoñosas.
Mi colega paso los siguientes días sumido en un agitado y febril sueño plagado de pesadillas y angustia. Cuando por fin nos avisaron de que había despertado, acudimos a su cabina ansiosos por conocer su estado y el motivo del mismo.
Recuerdo la triste impresión que me causó cuando lo vi. Ojeroso, pálido hasta parecer de ceniza su piel, la mandíbula descoyuntada, el gesto desencajado y la mirada enloquecida. Nada más verme empezó a soltar una retahíla de frases sin sentido ni concierto que me hicieron temer por su estado mental. Estaba claro que deliraba. Repetía continuamente algo sobre un ojo en la profundidad, y que debíamos huir antes de que fuera demasiado tarde. Yo le expliqué que ya estábamos en la plataforma petrolífera, a salvo de cualquier peligro. Pero esto no le calmó en absoluto. Gritaba desesperado que estábamos perdidos, que debíamos irnos. Al final tuvimos que llamar al médico para que le suministrara un calmante. Con voz trémula el propio doctor nos confirmó que no encontraba nada bien al paciente, y que llegaba a temer por su vida si no lo evacuábamos rápidamente a un hospital. Gracias a Dios, el helicóptero estaría listo para salir en unas horas, en cuanto lo permitiera la terrible tormenta que se estaba desatando sobre nosotros.
Mientras esperaba que el inestable tiempo mejorara, tuve por fin valor suficiente para ir al laboratorio a examinar las muestras y cintas recogidas del submarino, esperando que éstas me dieran algo de luz sobre lo sucedido. Hasta ese momento la aprensión que aquella situación y el estado de mi compañero me habían producido me habían llevado a postergar ese análisis, temeroso de descubrir y enfrentarme con lo que había en ellas. Los primeros datos recogidos confirmaron mis temores, pero también levantaron nuevas incertidumbres. Ciertamente debía tratarse de un exorbitante vertido de sustancias desconocidas hasta entonces, altamente corrosivas pero también con una capacidad de propagación nunca antes conocida, que aniquilaba todo rastro de vida por donde pasaba. Sin embargo, sorprendentemente, la densidad de las mismas no se concentraba en la superficie, sino que se incrementaba a medida que se profundizaba, impregnándolo todo, y llegando a cambiar la propia composición química del agua. Aquello era ilógico, científicamente imposible. Decidí echar un vistazo a las imágenes que las cámaras del sumergible había recogido.
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Pues a mi no se me ha hecho lento... |
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24-09-2008 15:25 |
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Me ha gustado mucho y no se me ha hecho lento, es verdad que a veces recurres a estereotipos, como que el capitan fume en pipa pero bueno, ¿por qué no? con tal de no abusar...
Solo un detalle para cuando retoques la historia, es un tema más tecnico que otra cosa. Cuando escribes:
"Examiné los datos del sónar y de las cámaras subacuaticas que llevábamos instaladas. Comprobé que en efecto la densidad de aquel líquido era superior a la normal, casi aceitoso."
Creo que a lo que te refieres es que es más viscoso de lo normal. Para que la sustancia permanezca en la superficie del mar ha de ser menos densa que el agua salada, sino iría a parar al fondo del mar.
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Muy bueno |
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08-08-2008 15:38 |
Yo paso a saludar  Ya te dije en su momento que le relato me apreció muy bueno. El caso es que no todos los relatos tienen porqué ser trepidantes y este mantiene el ritmo justo y necesario en cada momento.
Otra cosa es lo de los personajes, al principio puede extrañar, pero en ocasiones nos dejamos llevar demasiado por los estereotipos a la hora de definir el caracter y manera de hablar de tal o cual personaje. Salvando ciertos imponderables (como que un campesino de yucatan hablé con jerga de Madrid) lo que importa desde mi punto de vista es que sean coherentes a lo largo de toda la trama.
Hay que ver lo que me enrollo para saludar
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Bastante bueno |
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20-06-2008 21:36 |
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Me ha gustado bastante el relato. Lo mejor, las partes finales: El sub, la cinta, el ojo, la marea llegando a las costas... El sentimiento de terror, impotencia y duda que genera es excelente.
El relato se hace un poco lento, un poco largo, pero no de forma molesta. Quizás lo más que tendría que reclamar es que las frases, cuidadosamente elegidas, podrían pertenecer a un científico, pero no a uno borracho, y quizás tampoco a un capitán de barco que fume en pipa.
Tal vez cambiar el "la extraña sustancia que componía aquellas aguas" por un "la cosa esa" o "esa... substancia", y cosas así, le permitiría al lector meterse en la historia durante la charla preliminar.
En mi opinión, también le hubiera dado nombre al sueco, para darle más "realidad" a la historia de bar que narra el científico... Y definitivamente, no creo que un científico así hubiera esperado días hasta ver las cintas. Pero esos detalles no desmerecen la historia.
Felicidades, y espero leerte pronto de nuevo.
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RE: Bastante bueno |
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25-06-2008 09:05 |
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Muchas gracias, compañero.
Siempre es un placer contar con tus opiniones. Realmente es cierto que la primera parte es la más floja, pero la necesitaba para introducir la segunda. Sin embargo, para cuando lo rehaga (siempre acabo rehaciendolos), trataré de poner más emotividad, cercanía en esa parte.
Sonrisas
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Un relato muy bueno |
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19-06-2008 16:17 |
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Aunque, confieso, se me ha hecho un poco largo, poco intenso. Me ha gustado mucho la tensión durante el visionado de la cinta, y también -sobrecogedora- la imagen de la masa de algas con los cuerpos en descomposición enredados. Sublime.
Por el contrario, creo que hay mucho desarrollo para lo poco que me he implicado en los personajes. Creo que la atmósfera ya la tenías bien encauzada sin necesidad, por ejemplo, del prólogo y el epílogo del bar. Al menos, esa impresión he tenido.
En cualquier caso, muy buen relato. Un placer leerte.
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RE: Un relato muy bueno |
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19-06-2008 21:28 |
Gracias, calavera.
Estoy de acuerdo contigo en que la introducción se hace larga, pero quise meter dialogos para no hacerla tan descriptiva como es normal en mí. Lo que pasa es que no tengo la habilidad de un manheor para los dialogos
En todo caso son las imagenes finales lo que más me sedujeron de la historia.
Ah, y mi monstruo es más grande que el de Pedro
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