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-Pasamos muchos siglos vagando en el espacio, conservándonos como ecos conscientes gracias a la manipulación de los fotones. -Dean parpadeó bruscamente, mirando después, con los ojos muy abiertos, a aquel rostro conocido que contemplaba el firmamento nocturno, observando aquella oscuridad punteada de luz tras las lunetas de sus lentes cuadradas-. Pero esa técnica de conservación no nos permitía abandonar ésta y otras -”¿otras?”- naves nodriza. Como diría Alicia, la magia no existe fuera de la madriguera -y desvió los ojos del cielo nocturno para clavarlos más allá de los Dean, penetrando a través de sus músculos y su cráneo hasta el rincón más recóndito de su mente-. Así que sólo nos quedaba la opción del S.O.S. Pero claro, sabemos que sin piel de venado no compras abalorios.
Se observaron en un silencio ingrávido que pareció durar siglos. Dean sentía que su percepción del mundo exterior se había amortiguado tras una capa de plomo: el viento erizando el vello de sus genitales, porque volvía a estar allí, el levísimo cosquilleo de una legión de hormigas que cruzaba la meseta pálida de su abdomen, los suaves ronroneos de su mujer más allá del séptimo cielo y el murmullo constante de los abetos, que se susurraban secretos en la quietud de aquella noche imaginada. Sólo existían aquellos iris azules, hundidos en aquel rostro grueso y avejentado, mero cascarón de un ser que había viajado cruzando de punta a punta el mapa más vasto, el espacio. Las palabras brotaron de sus labios como una mano tendida y temblorosa.
-¿Qué es lo que ofrecéis?
La sonrisa se borró de los labios de Forrester y gruesas líneas dibujaron sombrías simas en su rostro. Desuniendo sus manos, que reposaban bajo la nuca, extendió un voluminoso índice y apuntó al pecho de Dean. Un rayo púrpura broto de la yema, hendió el aire que los separaba y penetró en el pecho izquierdo de Dean, justo por debajo de la aréola.
Los ojos de Dean saltaron de sus órbitas como los de un sapo, mientras aquel puñal luminoso hendía su pecho como el bisturí de un cirujano. Borbotones de sangre roja y brillante emergieron al ritmo sincopado de un aspersor. “Se nos ha roto la manguera, Sherlock.” Sus neuronas parecían estar secándose como una esponja exprimida, y sus pensamientos se deshilachaban y rasgaban en jirones oscuros, perdiéndose en un abismo silente. Antes de desmayarse, observó cómo un segundo haz, esta vez de un resplandeciente verde esmeralda, estallaba sobre su pecho abierto. La oscuridad lo envolvió en una sábana negra.
Por enésima vez, Dean se creyó muerto, aislado para siempre en una celda inmaterial en la que no existían sensaciones, suspendido en una inconsciencia definitiva e inmutable. Por enésima vez, abrió los ojos. Cuando las formas se definieron entre la amalgama neblinosa que entelaba sus ojos, Dean pudo contemplar que la noche había pasado en aquella región de su cerebro. Un nuevo día despuntaba en un sesgo rojizo entre las ramas de los árboles y los zarcillos de hierba se impregnaban del resplandor, bañados en una sangre luminosa. Sobre la suave curva de la colina, escondiendo el lecho cromado en el que reposaba su esposa, Forrester se encontraba sentado con las piernas cruzadas, balanceándose hacia atrás y hacia delante, en un vaivén infantil, los mechones blancos de su cabello flameando como algodón de feria descolorido. Una sonrisa traviesa se esbozó en sus labios y sus ojos escondían su expresión, con un haz de luz solar prendido en sus lentes como una cortina de oro fundido.
-¿Restablecido ya de la sorpresa? -preguntó, y soltó una carcajada sin ocultar su buen humor, el estetoscopio centelleando en su cuello como un medallón de oro.
Dean sintió que los músculos se le crispaban, como si una horda de enanos oculta entre sus rojas fibras hubieran despertado los tambores de guerra. Se levantó de un salto, recorrió a grandes trancos la distancia que lo separaba de aquella figura regordeta, cerró el puño izquierdo y se lo estampó en la cara, trazando un arco perfecto que impactó justo bajo el pómulo. La cabeza de Forrester salió proyectada en un arco de cómic y su amplia humanidad cayó despatarrada al suelo. El murmullo de la hierba se quebró con un sonido de cristales rotos.
Sin dejar de apretar los dientes, Dean esperó a que se levantara, observando cómo la gruesa figura se apoyaba sobre sus manos, jadeaba por el esfuerzo y se alzaba lentamente sobre la hierba. Con las rodillas aún hincadas en el suelo, en una cómica postura de gato montés, se detuvo, su amplio trasero poniendo a prueba las costuras de su pantalón. Dean aflojó la tensión de sus bíceps y sus mandíbulas, curioso por el temblequeo que recorría al falso doctor, agitándolo como una coctelera. “Se está riendo” pensó. “Es más, está descojonándose...”
Forrester se levantó por fin, sin dejar de menearse como un flan, emitiendo sofocadas carcajadas ratoniles que estuvieron a punto de hacer que Dean le diera a probar la derecha. Su cuerpo se giró y Dean pudo observar el hematoma que recorría su pómulo como una marea oscura y creciente. Sintió una punzada de mala conciencia que lo hizo enfurecer aún más. Ajustándose las gafas retorcidas en el grueso y venoso puente de su nariz, Forrester lo contempló a través de dos cristales escarchados y desigualmente inclinados a ambos lados de su rostro.
-Buen gancho -dijo el doctor y recorrió sus dientes con la lengua, comprobando que todo estaba en su lugar-. La verdad es que me lo tenía merecido. Pero qué le voy a hacer, ¿quién dijo que los aliens no pudiéramos tener sentido del humor?
Dean lo miró con cara de pasmo, los labios colgándole como los de un boxeador noqueado. Forrester le guiñó un ojo y amago con su derecha. Tras dar un respingo para evitar el golpe fantasma, Dean alzó los puños, doblando los antebrazos en una postura de púgil. Forrester agitó la mano, doblándose por la cintura mientras se desternillaba. Gruesos lagrimones corrían por sus mejillas y dejaban perfectos círculos de humedad sobre el lino blanco manchado de verdín de su bata médica. Dean no tardó mucho en desechar sus resquemores y unirse a las carcajadas.
Dean se pasó una mano por las mejillas, mientras se apoyaba, risueño, en la amplia espalda de Forrester, con la sonrisa bailándole ligera en los labios. “Parece mentira”, pensó. “Todo el dramatismo del final de E.T. y se pone a hacer un chiste atravesándome el corazón” y sintió que su abdomen volvía a estremecerse en un nuevo ataque de hilaridad. “Ni Anne Barlford me lo había partido así el día de la botella con meos”. Y el alienígena pareció cazar ese pensamiento, porque aquella risa insidiosa y ratonil, que Dean visualizaba como la de un Jerry obeso, con el vientre cubierto de miguitas de roquefort, que observaba el enorme ojo de Tom ocupando el umbral de su madriguera, con un tic nerviso en la pupila que parecía latir como un diminuto corazón oscuro, volvió a emerger de aquella molicie sanitaria y sesentona.
Tardaron un buen rato en tranquilizarse y recuperar la compostura. Cuando volvieron a mirarse a los ojos, ambos sintieron que una barrera enorme, un titánico muro de sillares de plomo adosados tan prietos como la carne a los huesos, se había fundido en un charco viscoso y plateado. El fuego de la amistad ardía invisible, entrelazando dos miradas nacidas a miles de años luz. Con la sincronización de un reflejo, ambos sonrieron y se estrecharon la mano.
-Supongo que ahora me toca separar los dedos en una “V” -dijo Dean, de buen humor.
-Oh, no se preocupe -contestó Forrester, mientras se llevaba los índices extendidos a ambos lados de la cabeza, como un par de antenitas telepáticas-. Podemos hacer el esfuerzo por usted.
Dean sonrió, pero no pasó de ahí. Llevo sus ojos a la franja de cielo cercada por los dedos verdes del bosque, como una herida abierta y sangrante, y se deleitó con el espectáculo incongruente de aquel enorme sol rojizo que brillaba en el centro de la franja, como un ojo de metal ardiente. Una fragancia penetrante invadió su nariz y refrescó los alvéolos de sus pulmones mientras cerraba los ojos y aspiraba, como un vagabundo sediento hundiendo las guedejas desmadejadas de su barba en un manantial de agua cristalina. Orquídeas. Abrió bruscamente los ojos.
Miles de orquídeas crecían en segundos, recorriendo la sinuosa pendiente de la colina, descendiendo en floridos anillos concéntricos, guirnaldas de primavera, cuyo epicentro se encontraba en la cumbre del altozano. Melanie... Miró a Forrester que lo observaba con los brazos cruzados en el pecho. De su rostro se había borrado la sonrisa y sus iris azules relucían brillantes, penetrándolo de nuevo como dos punzones de hielo. La pregunta flotaba en el aire, espesándolo hasta hacerlo agobiante, mezclándose con el olor intenso de las orquídeas en una atmósfera casi líquida. “Y la pregunta es”, se dijo Dean, “¿qué voy a hacer ahora?”
Se acercaron en silencio hacia la cumbre de la colina, con los pies descalzos susurrando sobre la alfombra de orquídeas perladas de rocío. Dean caminó con los ojos clavados en aquel lecho que conocía tan bien, con su cabezal cromado, sus sábanas de áspero lino y sus, ahora invisibles, pantallas electrónicas y bastidores de metal rodeando la cama como monstruos infantiles. También se habían perdido las bolsas infladas con suero, úteros de plástico que serpenteaban con sus tubos transparentes como vampiros agusanados en busca de las venas de Mel, aquellas gruesas y azuladas cañerías que resaltaban en su piel marchita y consumida. Dean se detuvo un instante, admirando la hermosura de su mujer beatíficamente dormida en un océano arco iris, como una princesa de cuento esperando el beso de su príncipe. Una mano se cerró sobre su hombro, rompiendo el hechizo.
-Pero ella no despertará, joven príncipe, al roce de tus labios -Dean miró por encima del hombro la caria seria de Forrester, y aquellas ventanas torcidas en que se habían convertido, con su ayuda, los cristales de sus gafas. Se revolvió de su contacto.
-¿Por qué? ¿Por qué no? -preguntó, sintiéndose de pronto como un dragón furioso despertando de un largo letargo en la caverna, deseando volver a machacar aquella cara seria y fofa que lo penetraba con sus punzones azules-. ¿Acaso no estoy en mi mente? ¿Acaso no puedo hacer lo que quiero con ella? ¡Quiero que VUELVA!
Dean se giró, evitando la mirada penetrante de la criatura. Su frente chorreaba un sudor y un sabor agrio, bilioso, ascendía por su garganta inundando su paladar. Se enjugó el sudor y cerró los ojos, intentando controlar el latido frenético de sus sienes que parecían estar empujando su cráneo hacia fuera.
-Quiero que vuelva -murmuró y su voz le sonó a sí mismo cascada e infantil.
-Dean... -escuchó los pasos de Forrester, que se acercaba de nuevo a su espalda. No se volvió-. Dean, escúchame. -La mano volvió a aferrar su hombro, con más fuerza. Dean se resistió, crispando sus músculos. Los labios de Forrester se acercaron a su oído, su voz un murmullo, apenas por encima del frufrú de la arboleda y la hierba de la colina-. No puedes hacerla volver así, no más de un instante -sus brazos trataron de liberarse de la presa pero el ente aumentó la presión de sus dedos. Le dolía-. Querrías que se quedara y tú te quedarías también. -”¿Y qué tiene de malo eso?” pensó Dean. “¿Qué tiene de malo que quiera quedarme aquí, con ella”-. Dean, ¡Dean! -la presión se hizo casi insoportable. Dean apretó los dientes para no ceder-. ¡Vuelve en ti! ¡No te das cuenta de dónde estás! ¡Estás en tu mente! ¡Tu cuerpo sigue allí, en la nave! ¿Qué pasaría si decidieras no volver jamás a la realidad física? ¿Qué pasaría, Dean, piénsalo?
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