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 El encuentro V 18-06-2008 09:59
Por: manheor
  

Quinta entrega de esta novela corta


relato, cifi, ufo, marciano
Reposando entre las sábanas, en lo alto de una colina herbosa en el claro de un bosque de cipreses y abetos -”el bosque de aquel niño”, pensó su marido- se encontraba Melanie, con la melena suelta cayendo en remolinos rojizos sobre el cobertor de la almohada y sobre su propia bata turquesa de interna. Su pecho subía y bajaba rítmicamente y los soportes metálicos que sostenían las bolsitas de suero habían desaparecido, así como los moratones oscuros de sus brazos. Sólo estaban ella y la cama, un campo de hierba, su mantel del picnic, el bosque y, ¡sí!, allí, en la comisura de su mejilla izquierda, la peca amarilla. Dean comenzó a caminar hacia la cama, sin despegar los ojos de aquella peca, sintiendo su sabor ocre en la punta de la leng...

Dean sintió que alguien lo observaba, a su espalda. Cuando giraba ya el cuello para mirar por encima del hombro, una mano pesada se lo aferró con fuerza. Dando un respingo, Dean se alejó de un salto y se volvió, alerta. La figura rechoncha de Henry Forrester, enfundada en su bata blanca y con el estetoscopio oscilando como una trompa metálica en la leve brisa, le devolvía la mirada. Dean abrió la boca y la cerró. Forrester se golpeó dos veces la frente con el índice.

-Estamos aquí -dijo Forrester y se llevó la mano de la frente a la montura metálica de sus gafas, ajustándoselas sobre el puente de la nariz en un tic que Dean conocía demasiado bien-. No parecías soportar bien el intercambio.

Dean quiso replicar, pero sus labios volvieron a despegarse sin emitir un sonido. Se sentía estúpido, como un pez boqueando fuera del agua. Confuso, se pasó una mano por la frente y se dio la vuelta, acercándose a la incongruente cama de hospital en la que Melanie dormía sin preocupaciones. Se detuvo en la cabecera y acercó un dedo a la comisura de sus labios. El lunar amarillo se pegó en una peca aún más diminuta en la yema de su dedo. Se lo llevó a la boca y cerró los ojos. “Sí, es mostaza, Watson”, confirmó. Cuando abrió los ojos vio a aquella copia perfecta de Forrester flanqueando el otro lado de la cama.

-¿Preguntas? -dijo Forrester, con una afable sonrisa que Dean sentía fuera de lugar, falsa, la réplica perfecta de un cuadro sin el alma del artista-. ¿No hay preguntas?

-Demasiadas -replicó Dean y tragó saliva antes de seguir hablando, concediéndose un segundo para reorganizar sus pensamientos-. Las imágenes que vi... ¿Vuestro planeta?

La sonrisa de Forrester se apagó. Sus ojos parecieron ensombrecerse, como si fueran los botones pintados con colores mate de un muñeco de trapo.

-Sí -confesó-. Lo era.

Se hizo un silencio incómodo. Dean no dejaba de darle vueltas a lo absurdo de la situación. “Desnudo frente a una copia del mejor amigo de mi padre y no me importa” y la parte socarrona de su cerebro, aquella que sonaba tan parecida a la de su desagradable tío, replicó “¡Cómo va importarte, imbécil! ¿Acaso no es médico?” Y, por una vez, el comentario le hizo bastante gracia. Se preparó para volver a hablar pero el alienígena-Forrester se adelantó.

-¿Te importa que nos sentemos? -dijo y abarcó con un movimiento de su antebrazo la herbosa ladera de la colina. Dean miró a Melanie y titubeó.

-¿Ella duerme? -preguntó, mientras sus dedos jugueteaban inconscientemente con sus cabellos desparramados. Forrester-E.T. le sonrió otra vez, despegando los labios y mostrándole unos dientes cetrinos de nicotina. “Lo clavan hasta el mínimo detalle.” Y se dejó llevar otra vez por aquel extraño buen humor. “Fotocopiadoras “Close Encounters”, traiga a su esposa y, por sólo dos dólares, le replicamos a su amante gratis.” Dean siguió los faldones flameantes de la bata, sintiendo la frescura de la hierba bajo sus pies.

Se recostó sobre la hierba con un escalofrío. El viento le acariciaba el cuerpo desnudo y hacía que sus escroto se encogieran sobre sí mismo. “Oso hormiguero quiere invernar”, habría dicho Mel. Dean se rebulló sobre la hierba, sin acabar de encontrarse cómodo con aquella gélida caricia.

-Si tienes frío, ¿por qué no te cubres? -Dijo la réplica de Forrester, cabeceando ligeramente mientras sus ojos apuntaban hacia aquel pene encogido. Dean se sonrojó y arrugó el ceño. Se sentía como un niño bañado por su atractiva y joven tía.

-Bueno -contestó, levemente irritado, volviendo el rostro hacia la franja de cielo recortada entre los árboles-. No veo ningún ropero por aquí, ¿verdad? -Forrester lo miró con incredulidad por encima de las estrechas lentes, con el labio algo colgante en una mueca cómica.

-¿Pero aún no has comprendido dónde estamos?

Dean no contestó, fastidiado. En lugar de eso, visualizó un suave jersey de franela, rojo, con un bordado acanalado de rayas verticales muy elegante, unos pantalones de pana beige y un par de gruesos calcetines de nieve, de color azul marino. Cuando bajó la mirada no se sorprendió de encontrarse exactamente vestido con lo que se había imaginado. Se volvió hacia Forrester y tuvo que sofocar una carcajada. El alienígena lo observaba enfundado en un disfraz de conejo gigante, con los incisivos asomando por el labio inferior como enormes teclas de piano. No había podido evitarlo.

relato, cifi, ufo, marciano
Restablecida su apariencia, Dean consideró que era el momento de hablar y de entender, pero la imagen de aquella criatura sumergiéndose en su cerebro como un saltador de trampolín seguía revoloteando en sus pensamientos como las ominosas alas de un murciélago. Decidió olvidarla, por el momento y escuchar las respuestas que ansiaba conocer. El extraterrestre comenzó a hablar antes de que Dean formulara la primera pregunta.

-Los cuerpos que viste en la arena -comenzó a relatar la criatura, con la voz cascada y profunda de Forrester-, eran nuestros huéspedes, creados genéticamente por nosotros. Los había de todas las formas, todas las infinitas variedades de agrupaciones de organismos que pudieran imaginarse. Vegetal, animal, colonia o asexuado eran términos que, aisladamente, habían dejado de tener sentido. -El alienígena hizo una pausa, y las lentes reflejaban pequeñas motas de luz sobre un fondo negro. De pronto, la noche los había encontrado. Dean pensó que había sido su propia mente, o la del invitado al salón de su cerebro, la que había cambiado la decoración. Cuando continuó, la voz de Forrester se había enroquecido, como si cada palabra raspara el paladar como un guijarro rasgando pizarra-. Celebrábamos la vida en toda su infinita extensión. Hacíamos arte con ella. Nacíamos y crecíamos con miles de consciencias sintientes y compartíamos sus penas y sus alivios. Daba igual una flor o un enorme mamífero alado; o el hijo mestizo de ambos. -Dean se alzó ligeramente sobre sus codos para mirar mejor aquel rostro conocido y desconocido a la vez. Un matiz tembloroso se añadió a aquel retumbar bajo y sombrío-. Pero algo sucedió. Algo que no podíamos controlar... -y dejó la frase en suspenso. Dean notó que contenía la respiración y que los codos comenzaban a dolerle. Pero no se movió. Ni respiró. El alienígena habló de nuevo-. Una plaga. -Dean dejó escapar el aire en un suspiro.

La criatura lo miró, sus ojos de nuevo espejos mate sin alma, que, sin embargo, revelaban con su opacidad las tinieblas que se agitaban tras aquella cara prestada. Un dedo señaló a la bóveda celeste cuajada de estrellas. La imagen cambió y se dobló en ondas concéntricas, como el agua agitada de un estanque. La rojiza y ondulante superficie del planeta, y sus miles de cadáveres encerrados en sus tumbas invisibles, emergieron en aquel retazo de cielo.

Dean relajó los brazos y volvió a recostarse, contemplando de nuevo la solemne quietud de aquel paisaje desértico, con la misma sensación que de pequeño lo embargaba al contemplar las estatuas de piedra en sus hornacinas. Aquellos ojos congelados y las manos unidas en una súplica muda... El alienígena cortó el hilo de sus cavilaciones con la brusquedad de unas tijeras.

-Allí están. -Y no dijo más durante un largo rato, con los ojos clavados en la desoladora imagen. Dean sintió que, a pesar de la desconfianza y el miedo, un lazo cálido lo unía en ese instante con el ser, un lazo frágil y fino, cristal de bohemia, pero que unía corazón a corazón por un instante. El silencio se quebró con su voz cavernosa, como un haz de sol rasgando un denso manto de nubes. -No nos quedó más remedio que abandonarlos. Al menos los dejamos así, protegidos. Creo que nos lo agradecerían. Si pudieran hacerlo.

-¿Pero no les quitasteis... -comenzó Dean, plasmando una de sus mayores inquietudes en la pregunta. Su anfitrión, “¿o su invitado?, si es que era cierto que estaban en su mente”, lo interrumpió, anticipándose por enésima vez al curso de sus pensamientos.

-¿La libertad de pensar? ¿La mente? -Dean cabeceó imperceptiblemente, sin quitarle los ojos de encima a aquella réplica de su viejo amigo-. No, no lo hacemos. -Y Dean supo, aunque no sabía por qué, que no mentía-. No querríamos y, además, no podemos. Sabes lo que es la simbiosis.

Dean asintió algo dubitativo. Fue un asiduo pasivo del Nathional Geographic en los tiempos de la Mel viviente, pero, siendo franco consigo mismo, practicaba el noble arte de mirar sin ver, tan antiguo y parecido como el de oír sin escuchar o comer sin saborear; es decir, el arte de la ausencia. Pero el concepto no le era ajeno del todo. Sin dejar de observar esos ojos azules, Dean supo que la amalgama difusa de sus pensamientos era leída con la facilidad de un cuento infantil. Las palabras sólo eran un gesto de educación. El doble de Forrester sonrío y sus numerosas papadas y arrugas parecieron celebrar esa sonrisa.

relato, cifi, ufo, marciano
-Desde luego, pensáis rápido -dijo el alienígena-. Te contaré lo que ocurre, Dean, te lo contaré todo y no me guardaré nada, porque mereces saber, porque tienes que saber. Acércate.

Le hizo un gesto con los dedos, invitándolo a acercarse. Dean se arrastró sobre la hierba húmeda, sintiendo alguna punzada de dolor tras tanto tiempo sin moverse. Ni la mente se libraba de haber olvidado ya los quince, o los veinte. De pronto se encontró frente con frente con el rostro de Forrester y tuvo un vívido recuerdo de una película, no recordaba su título, en la que dos hermanos, tras huir de la borrachera de su padre, se tendían sobre la hierba, acurrucados uno frente al otro.

-La verdad suele ser simple y compleja a la vez -dijo el extraterrestre y, fuera la mente de Dean o por propia iniciativa de su interlocutor, su voz se redujo a un susurro, sólo una octava por encima del murmullo de la hierba y de los suaves ronquidos de su mujer, que soñaba colina arriba-. Nos hemos pasado los últimos siglos, desde que comenzó la epidemia, buscando ayuda por el resto del universo, preguntándonos si en alguno de esos puntitos brillantes entre aquel vacío oscuro habría alguien que pudiera ayudarnos, alguien que mirara al cielo y suspirara, deseando conocer a otros como él más allá de las estrellas.

Dean sonrió para sí al escuchar esas palabras. ¿Podría ser todo tan sencillo? ¿Existir una verdad común que ligara a todas las criaturas del universo a pensar en la ayuda y el perdón cuando el barco zozobraba? Dean creía que sí. Prosiguió escuchando aquel murmullo que lo llevaba a la búsqueda de una respuesta desde el otro confín de la galaxia.

 
 
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   A parte de comentar...
18-06-2008 10:02
...que "escroto" es una palabra sorprendentemente popular en tu historia, y que hay -para mi gusto- un exceso de pecas de mostaza, no tengo nada que añadir con esta entrega.

Muy bien llevada la historia, y sobre todo hacia donde tú quieres. Bravo.

   RE: A parte de comentar...
18-06-2008 10:41
Pues lo del escroto, no sé... Igual es que me gusta mucho rascarme los... xDDD.

Mil gracias, compañero. No sabes cuánto me alegra que te guste tanto la historia :-) .



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