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Capítulo cuarto.
La forma de vida de los herdricones resulta interesante y llamativa para Kiro. En los días que lleva viajando con ellos ha aprendido mucho sobre sus costumbres. Los herdricones tienen una afición casi compulsiva por el comercio, hasta tal punto que tres de cada diez herdricones son mercaderes; esto no significa, además, que el resto no esté involucrado de alguna manera con el comercio.
Los mercaderes herdricones pasan casi toda su vida viajando de un lugar a otro, vendiendo, comprando y coleccionando cosas. Cuando consideran que tienen una fortuna respetable, se establecen en algún lugar, pero sin dejar de ejercer su oficio. Es muy común que dominen varios dialectos kimerianos con mucha fluidez. Son conocedores de toda clase de metales, cristales preciosos, armas, pieles y cualquier cosa que tenga algún valor para alguien. En algunos casos también son fabricantes de objetos y armas.
Algunos dicen que esta raza se caracteriza por una extraña avaricia. “Un herdricon prefiere regalarte diez vacas, antes de darte una moneda” reza un refrán. Lo cual no es del todo mentira. Los herdricones son amantes de las fiestas, y en ellas siempre procuran que sobren la comidas y bebidas al nivel del exceso y el desperdicio, pero nunca obtendrás un solo kimer de ellos si no te lo has ganado. Algo que no tolera un mercader herdricon es que se le robe; para ello solo existe un castigo: la muerte.
A los herdricones, en sentido general, les gusta vivir en la opulencia. Son adictos a las joyas y a las cosas caras, algo que se nota en sus vestimentas. Aunque las mujeres de esta raza prefieren llevar encima la menor cantidad de prendas, ya que dicen que eso distraería a los demás al verlas y que no podrían contemplar su belleza. Y es que los herdricones son narcisistas hasta la médula.
Kiro se mantiene alejado de las bestias de carga, pues no quiere provocar otro accidente. La mayor parte del tiempo lo pasa escuchando -los mercaderes sufren de una locuacidad crónica- las historias de los mercaderes sobre sus viajes y vivencias. Entre ellos, Kiro ha entablado una relación más estrecha con dos en particular: Kil´zeri, el vendedor de armas, quien es uno de los mercaderes más jóvenes; y con Ahl´nazul, un herdricon de avanzada edad que se dedica a la colección de objetos.
Kil´zeri es un joven de mirada y actitud inquieta, que ha heredado el oficio de vender armas de su padre, quien fue, según él, un general muy reconocido. El herdricon no solo es un indiscutible conocedor de toda clase de armas y armaduras, sino que también goza de un alto conocimiento sobre tácticas de batalla, aunque sólo de manera teórica.
Por su lado, Ahl´nazul es un anciano apacible. En su voz siempre hay un tono paternal y cariñoso al hablar –lo cual nunca para de hacer-. Es muy respetado y querido por todos los miembros de la caravana. Llevaba toda su vida coleccionando objetos, aunque ahora solo salía en caravanas una vez al año, y el resto del tiempo lo pasaba en su lujosa casa.
Ahl´nazul ha enseñado a Kiro a leer algunos dialectos kimerianos –los más básicos- pero ni el mismo anciano logra entender los signos grabados en aquel libro. Para Kiro no ha sido difícil el aprendizaje, aunque aún no lo efectúa con fluidez; Ahl´nazul dice que sólo es cuestión de práctica.
-Según puedo notar -dice Ahl´nazul mientras observa detenidamente una hoja del libro- este compendio debe tener más de quince siglos. En principio pensé que era un libro de estudios, pero ahora me parece más el diario de un viajero. Lo cual me parece extraño, porque la escritura es de un saikmun, y los saikmunes nunca han sido amantes de los viajes. Además, la cubierta esta hecha de cristal lunar, revestido con…
De entre los árboles comenzaron a caer bolas que al chocar contra el suelo liberaban un gas blanquecino. Uno de los herdricon grita “¡Ladrones!” y todos se mueven de un lado a otro intentando evitar el gas somnífero lanzado desde todos los puntos posibles por los atacantes, quienes se ocultaban entre los árboles. Uno a uno los herdricon y los animales de cargan quedan bajo el efecto del gas.
Los atacantes saltan entonces de entre los árboles. Son diez hombres vestidos con disfraces que simulan ser hierba. Corren entre los cuerpos y los despojan de todo aquello que aparente valor alguno. Pero no cuentan con algo: al parecer Kiro es inmune al efecto de los gases. Uno de los ladrones vocifera “¡Hay uno despierto!” y otro ordena que lo maten.
Para Kiro, morir nunca será una opción aceptable. Los ladrones corren contra él mientras éste despliega sus sayseres. Esquiva los ataques de espadas y lanzas. Algunos le rozan, pero ninguno logra atinarle. Bloquea las espadas con sus hojas de metal, gira, atraviesa un cuerpo de lado a lado. Salta, su sayser izquierda se hunde en el cuello de otro ladrón.
Todos le atacan al mismo tiempo. Kiro gira sobre sí, avanza, retrocede, salta. Ensarta a uno, corta el brazo derecho de otro. La sangre brota a borbotones, el suelo se tiñe por los charcos de líquido rojo y vísceras. Una sayser asciende desde la ingle hasta el esternón saliendo por el costado derecho y cortando el brazo; mientras, su gemela hace un movimiento opuesto contra otro cuerpo, cortando desde el hombro derecho y descendiendo hasta el abdomen bajo.
Sólo quedan en pie cuatro ladrones. Uno de ellos saca un extraño artefacto. Es un tubo de metal montado sobre una base de madera. Kiro recuerda haber hablado recientemente sobre ese artefacto con Kil´zeri. Es conocido como rifle; funciona con un polvo que estalla y produce fuego: el tubo cilíndrico dispara una bola de metal capaz de atravesar casi cualquier cosa. Según el herdricon, la invención de ese artefacto se le atribuye a un clan de guerreros de las tierras lejanas de Varcravia.
Tres de los ladrones rodean a Kiro; el cuarto está parado a algo más de diez metros, apuntándole con el rifle. Kiro siente como algo extraño recorre su cuerpo. Es una energía ardiente que proviene de sus huesos e impregna cada tejido de sus músculos. El ladrón que sostiene el rifle jala del gatillo. Una pequeña bola de metal se dirige hacia Kiro.
El cuerpo de éste se mueve a una velocidad imposible. Su sayser derecha se clava en un cuello, mientras la otra se entierra en un corazón. Luego ambas son unidas en forma de tijera para cortar una cabeza, que vuela por los aires. Kiro da un salto de casi dos metros de altura y puede observar cómo el proyectil pasa por debajo de él y se entierra un árbol.
El único ladrón que aún queda en pie ve a Kiro con ojos llenos de terror. Su cuerpo está petrificado por el miedo. Ve cómo se acerca a él. Quiere huir, pero sus piernas no responden. Kiro lo sujeta por el hombro y lo apuñala en el estomago. Antes de morir escucha unas palabras que Kiro le susurró al oído: “No dejaré de existir.”
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