|
Aquel tipo parecía tener prisa: caminaba siguiendo un ritmo fijo, sabía en qué esquina girar, qué atajos tomar y dónde tenía que correr.
Aquello me causó cierta fascinación. Sentado en el banco del parque rumiando mi paro, cualquier hecho que se saliera un poco de lo corriente me parecía interesantísimo…un día me pareció vislumbrar una luz divina y me quedé observándola durante seis malditas horas resultando ser al final el mierda reflejo del escaparate de una tienda de esas que los chinos ponen en cada esquina…
Decidí pues, aunque en el fondo más por aburrimiento que por otra cosa, seguirlo a ver dónde se dirigía... Probablemente, me dije, su mujer estaba a punto de dar a luz, aunque si fuera eso, el hombre no parecía el padre del año: tenía el rostro tenso y los puños crispados. Quizá, dada la hora, se trataba simplemente de un trabajador más, uno de ésos que nunca han conocido las largas colas del INEM...
Pero el tipo estaba sudando, y se ajustaba la corbata como si se estuviera ahogando. A lo mejor un infarto… Aquella falsa preocupación me sirvió para aproximarme a él.
-Oiga, ¿se encuentra bien? -le pregunté cuando lo alcancé a la altura de Tenor Fleta.
El tipo me miró hosco, como si hubiera interrumpido su minuciosa marcha.
-No, ahora no -contestó el desgraciado mirándome como los trabajadores del paro que se ríen de los hombres sin empleo…
-Debería usted ser más educado -le exigí valientemente viendo que aquel hombrecillo no era gran cosa.
-Tengo una cita con el sacerdote, aquí en esta iglesia -explicó chantándose.
-¿Va a usted a confesarse de sus faltas?
Y aquel tipo lo hizo, me confesó sus pecados a mí y no reprimió ni un solo dato de todo lo horrible que había hecho en su vida. Y no hablo de robar una moto o tirar basura en el jardín del vecino, no: aquel hombrecillo enjuto había extorsionado, matado y secuestrado a tres tipos, le había pegado una paliza a su mujer y le había dado al perro comida para gatos.
Comprended mi perplejidad. No es normal que un hombre así confiese todos sus crímenes al primer tipo que lo pare por la calle. Pero lo hizo, y yo me quedé tan aturdido que no me moví durante la media hora siguiente.
Posteriormente, me enteré de que el padre que presidía la iglesia del barrio de San José había muerto asesinado poco después de que yo anduviera por allí. La policía lo asoció a un mal creyente que en el último momento había asegurado su silencio de confesión clavándole la santa cruz en la espalda. En aquel instante comprendí que yo era el siguiente, iba a morir… y así sucedió, amigos: el tipo apareció de pronto, se metió en mi casa rompiendo el caro jarrón de porcelana de la mesita de la entrada (regalo de mi ex mujer, para mayor información) y me acuchilló sin darme tiempo a replicar, ni a preguntar el motivo… aunque era obvio que era debido a todo lo que yo conocía de él. Hijo de puta, tenía una fuerza hercúlea, increíble. No pude quitármelo de encima mientras me clavaba el cuchillo una y otra vez. Tendría que haber ido a la poli… pero ni siquiera se me pasó por la cabeza. En fin, creo que ya no tiene arreglo.
Ahora mantengo divertidas conversaciones con el sacerdote. Nos preguntamos, desde nuestros nichos, si encontrará a otro pobre imbécil como nosotros a los que descargar sus culpas en un momento de debilidad criminal para matarlo posteriormente celoso de sus secretos.
Si la reencarnación existe, espero que me llegué pronto. Buscaré un buen trabajo esta vez, sí, conoceré a una chica bonita y, ya de paso, me compraré otro jarrón.
|