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 El encuentro III 04-06-2008 16:14
Por: manheor
  

Tercera entrega de la historia.


cifi, abducción, marciano, ufo, ovni
La luz no había diminuido pero, de alguna manera que se le escapaba, ahora podía soportarla. El ruido no, el ruido era una tortura insufrible. Apretando las manos hasta que sus nudillos blanquearon, Dean observó el espectáculo. El techo metálico se estaba doblando sobre sí mismo como la chapa de una lata de sardinas, el cristal del parabrisas era una telaraña astillada y el bastidor metálico estaba combado y retorcido. La luz se filtraba en un haz transversal a través de aquella grieta absurda que se hacía más amplia a cada instante. Un soplido de viento huracanado -”tenía que ser eso, un huracán”, pensó Dean, olvidándose de las marcas que había visto sobre la corteza, saludándole desde “El otro lado”- se filtró por la abertura y sus ropas comenzaron a flamear, hinchadas por la ventolera que se colaba por el cuello y las mangas de su camisa. El frío le congeló los pulmones y un olor a ozono en el ambiente amenazaba con sumirlo en el desmayo. Entonces, con un último lamento mecánico, el techo se desgajó y voló en el viento, un banderín infantil arrancado por un tifón. La luz penetró sin resistencia y los ojos de Dean se bañaron en un manto dorado y puro. Poco a poco, una tracería de perfiles, volutas y dibujos geométricos, emergió del aura. Y Dean pudo ver de dónde venía el espectáculo. Y sus ojos parecieron querer escapar de sus órbitas. Y su boca era una “O” muda.

Ante él y acercándose, se cernía una gigantesca estructura negro mate, plana y alargada, tachonada por un laberinto geométrico de bordes refulgentes. Naranja sobre negro, un sol en plena noche. Las estrellas se habían apagado, ocultas, en la delgada franja de cielo que flanqueaban los árboles; los árboles, en menos de un suspiro ya estaba llegando a sus copas. Unos ojos relucientes en la oscuridad lo observaron desde una rama corta de un abeto; una ardilla o un búho, ¿quién podía saberlo? Ahora ya la carretera era un trazo de tiza gris sobre un encerado verdoso. Todo había sucedido demasiado deprisa y demasiado despacio.

En el mismo momento en que el techo de su Audi se desgajó como la hebilla de una Coca Cola, el resplandor taladró los ojos de Dean con un aguijonazo de dolor. Se quedó ciego. “Oh Dios, me he quedado ciego”, era el estribillo ahora que el hombre del cohete había salido del edificio. Pero no fue así. Manchas brillantes comenzaron a remitir en sus retinas y los chicos del ático reajustaron los catalejos para ver qué se ocultaba tras esa cortina de luz. Cuando el resplandor remitió Dean pudo fijar sus ojos en el origen de la luz, un recuerdo le atravesó el cerebro como un relámpago corta las nubes en un puñal luminoso.

Tenía cinco años y su abuela, que lo llevaba cogido de la mano, -una mano áspera y rugosa, como el hollejo de una naranja desecada-, le sonreía enseñando una media luna de dientes color beige, aquellos dientes maravillosos que podían guardarse en un vaso sobre la mesilla de noche al lado de la cama. Sin que lo supieran sus padres, que no estaban muy por la labor de que su sensible e imaginativo hijo sufriera la agonía de Abel o la masacre de Sodoma y Gomorra, la viuda Wilkins, o la madre de Paul Wilkins (el padre de Dean), o, simplemente, la abuela, había decidido que ya era hora de que su pequeño nieto se reuniera en el seno de los feligreses. Dean apenas recordaba la discusión a la vuelta entre su padre y la abuela, ni tampoco las palabras del pastor sobre su púlpito y el murmullo de aquellos viejos de los primeros bancos que olían a pipí y papel mojado. Todo se había diluido en una imagen. El sol atravesando los vitrales de un rosetón enclaustrado entre las piedras de la bóveda. Esto era igual, sólo que el rosetón medía lo que un campo de fútbol y su luz era más intensa y hermosa que mil amaneceres.

Y se estaba acercando, crecía. Dean se intentó retrepar sobre el asiento y notó un vacío a su espalda. Extrañado, inclinó el cuello hacia atrás y ningún reposacabezas interrumpió su movimiento. Dean se encontró mirando una imagen absurda, como si sus neuronas se hubieran achispado, decidiéndole jugar una mala pasada a su viejo dueño, una vuelta gratis en la noria de los lunáticos sin ticket de vuelta. El mundo estaba al revés y las estrellas (naranjas) se acercaban. El suelo era un tapiz de billar con una larga marca gris que algún torpe jugador había hendido sobre el fieltro. Incluso un niño había dejado su miniatura de automóvil “aparcado” en la zanja gris que cruzaba la mesa en un sinuoso serpenteo. Sólo que aquella miniatura era su coche y él estaba... Sí, estaba flotando.

Miró de nuevo hacia abajo y ahora casi no podía distinguir la fina línea de asfalto gris; ni hablar ya de su pequeño automóvil deportivo. Sólo medallones de abetos y pinos, suaves colinas como senos de mujer e hileras de farolas flanqueando las carreteras y autopistas, pequeñas estrellas de sodio en la quietud nocturna; hormiguitas de ojos rojos y blancos recorriendo las venas de asfalto, lagos envueltos en sábanas de neblina, los dientes mellados de un gigante marchito, montañas, coronados de blanca nieve... Dean sonrió, boca abajo, con las mangas y los faldones de la camisa meciéndose en suaves ondas de seda. “Quién te lo iba decir, Wendy”, dijo la voz de Melanie en su cabeza. “Al final sí verás Nunca Jamás.” La sonrisa de Dean se rompió en carcajadas de puro gozo y notó que las lágrimas caían de sus ojos y se precipitaban al vacío, iluminadas como gotas de oro por el resplandor de la mole a su espalda antes de perderse en aquella increíble maqueta, pequeñas estrellas fugaces cayendo de sus ojos. Se volteó de nuevo y decidió deleitarse una vez más en aquel inmenso y hermoso mosaico de formas, líneas y curvas que lo atraía hacia su seno, el rosetón inmenso y dorado, un ojo guiñándole con complicidad, susurrándole al oído: “todo va bien, Dean, todo va bien, tú tómatelo con calma; relaja y disfruta”. Sin preguntarse más cómo y por qué, Dean se decidió a disfrutar. Nada más fácil. Suavemente le dio la espalda a la increíble panorámica nocturna y observó la gigantesca mole que ocultaba las estrellas. “¿Qué es?”, se preguntó. “¿Qué es eso, Mel?”

cifi, abducción, marciano, ufo, ovni
“Eso” era una gigantesca cruz negra y enjoyada, cruzada por líneas y figuras geométricas entrelazadas en un hermoso vals de luz y tinieblas. El rosetón ocupaba el centro de la base -Dean sólo podía soñar con cómo sería la cubierta del extraordinario, ¿vehículo? ¿transporte? ¿OVNI? “Oh, Mel, si pudieras verlo, si sólo pudieras verlo”- y de él nacían las cuatro secciones que definían los vértices de la cruz. Las secciones norte y sur, según la visión de Dean y siempre que un movimiento brusco no lo hacía girar sobre sí como una peonza descontrolada, era más cortas y anchas, mientras que de este a oeste una larga franja cuajada por los extraños símbolos anaranjados, se extendía en toda la amplitud de la mirada del inesperado y flotante viajero. Curvas convexas y mates, como el gajo de una sandía oscura, unían los espacios libres entre los cuadrantes de la cruz, las membranas de un extraordinario anfibio volador. Y seguía creciendo y acercándose.

Dean pudo apreciar que las líneas y símbolos, trazadas con el mismo color y resplandor que el amistoso saludo inscrito sobre los troncos y el asfalto, no eran continuas; miles de puntos luminosos, bombillas navideñas de un color repetido, conformaban las extrañas formas y símbolos. Dean extendió los brazos y las piernas en arcos amplios, como un buceador, impulsándose para llegar a su destino, el centro del rosetón. Le maravillaba que pudiera existir una tecnología así, que pudiera crear algo tan vasto y tan bello; por algún motivo no sentía ningún miedo. Sin continuidad en sus pensamientos, su mente saltó a la tibieza que envolvía su piel, a pesar del aire, cada vez menos denso, que sentía a su alrededor. Algo, como un rayo invisible de calor debía de estar surgiendo de la “nave”, probablemente del rosetón. Dean no podía comprender, aunque no fuera su área, precisamente, cómo era posible calentar un cilindro de aire a esa altura y conservarlo a la temperatura ideal a pesar de la masa de aire más frío que lo rodeaba. Pero descubrió que no le importaba demasiado; ni siquiera el coma de Melanie o aquel horrible sueño

(Novia cadáver)

que lo había asaltado

(una cascada de meos)

mientras permanecía inconsciente, eran el centro de sus preocupaciones; no había tales. Solo llegar allí. Llegar allí y ver. Ver.

 
 
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   Muchos efectos especiales
04-06-2008 16:17
Esta entrega me ha acentuado la impresión de no avanzar, de excesivo recreamiento en las descripciones y el escenario. Es una elección estética, por supuesto, pero me ha dejado una impresión más pesada que las anteriores, seguramente por el exceso de recursos estilísticos bizarros -esas interrupciones que tanto te gustan en medio de las frases-.

Aun así, sigue gustándome el resultado y lo veo un texto muy maduro y bien llevado. La única pega gorda que le veo es la de la glotis. Como dice la RAE:

glotis.
(Del gr. &#947;&#955;&#969;&#964;&#964;&#8055;&#962;).
1. f. Anat. Orificio o abertura anterior de la laringe.

Es un mal sitio para apoyar el mentón ;-)

   RE: Muchos efectos especiales
04-06-2008 17:56
Ya te comenté que creía de recibo someterlo a una drástica operación de adelgazamiento xDDD.

Por eso necesitaba tus ojos, master (y los de quien se pase) para detectar qué sobra, qué hay que limar, etc, etc.

Me alegra que te guste ;-) .



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