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Comentario sobre la gran obra maestra de Polanski, del "terror": Rosemary's Baby
Uno se siente bastante satisfecho cuando entre tanta vorágine de terror cutre (y digo terror para que se entienda la etiqueta), de miedo pueril y cliché escénico, se le presenta ante los ojos el que sea, posiblemente, uno de los mejores filmes de terror que se hayan gestado en el séptimo arte. Roman Polanski no sólo es fiel a su instinto de artista, con esa filosofía tan poco metódica y tan experimental y libertina que da lugar a la emanación de la esencia verdadera de un actor, de una cámara, de un miedo o una representación; sino que sabe cómo depurar hasta el más mínimo detalle para que luego, en el todo, sea su gracia y no la fortuita la que invada la sonrisa o, por el contrario, el llanto del espectador.
Esta película de finales de los años sesenta, quizá la obra maestra de Polanski, el famoso director (también actor) de películas más recientes como El pianista o de otras más antiguas y con buena crítica como El quimérico inquilino, no sólo hace temblar y suspender al público en una catarsis onírica y tremendamente sensible, llena de miedo y espanto aparente, sino que lo conduce al verdadero terror, al que está hecho sin efectos especiales, sin juegos de cámaras llenos de trampas o paredes que se derrumban o bichos que saltan sobre el objetivo que invade la retina del espectador. Es una película donde no ocurre nada, y sin embargo parece que ocurre todo; muy lentamente, como las cuerdas de un violín viejo y gastado que se van desmadejando poco a poco. Muy tierna y horriblemente.
Destacar la actuación de Mia Farrow, que es sencillamente perfecta. Está continuamente donde debe estar, y demuestra lo que un verdadero actor siente cuando se mete cien por cien en un papel; cuando lo borda de manera natural y es, al mismo tiempo, sincera consigo misma. La desacertada traducción del título (Rosemary’s baby) al español no debería causar malestar al público; aunque sea un despropósito en sí mismo, la película sigue brillando por sus excelentes actuaciones, su conseguido y genial llevado guión y su espectacular, fría, y sencilla a la vez que terrorífica puesta en escena.
La película, al igual que la novela de la que se adapta, está contada con un pleno subjetivismo que se baña en las manos de la protagonista, de una de las protagonistas, del personaje que conduce al espectador todo el tiempo y del cual uno siente que lo está acompañando: Rosemary. Y uno no sabrá distinguir si lo que está viendo es realmente la visión de una persona enferma, que comienza a tener brotes psicóticos o a estar sencillamente loca; si la realidad es ésa o es un sueño, o si es un sueño muy real. Era el gran reto de Polanski, y ya lo creo que lo consiguió: sumergir al espectador en esa pesadilla terrible en la que sólo con una cámara genialmente llevada, una música espeluznante y unas actuaciones sumamente especiales, harían de un filme una obra maestra.
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