| Madrid indómito |
26-09-2007 16:22
Por: Solharis
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Busqué a mi musa y no encontré más que una ciudad indómita de extraños y entrañables personajes. Pongamos que hablo de Madrid...
NOTA: Los personajes, lugares y situaciones de este relato son reales. Quien quiera hacerlo, puede venir a Madrid y comprobarlo en los lugares citados.
Por fin la aurora de los etílicos dedos comienza a sacar de su ensoñamiento a la Corte y Villa de Madrid. Claro que, siendo sábado, el despertar es lento y tranquilo y la mayoría de los madrileños continúan su sueño, atesorando fuerzas para la semana de trabajo siguiente.
Para otros la noche es mucho más interesante que el día, que no es sino un paréntesis entre la juerga del viernes y la del sábado, como para un par de risueños jóvenes que sólo ahora regresan a casa. Otro cantar es que lo consigan, pues su paso no es muy seguro y hasta el vigor juvenil y pastillero tiene sus límites. Aun así, se mantienen en pie y comparten la última botella de cerveza como buenos camaradas. Uno de ellos todavía tiene fuerzas para recitar algunos versos del Cara al sol y regocijar con su alegre vozarrón de Joselito lobotomizado a todo el barrio. Su camarada no puede sino celebrar con cristalinas carcajadas de hiena el ingenio que tan castizo y espontáneo aflora.
Ríe tanto que se arrima con prisa a un rincón para aliviarse la vejiga, y ni siquiera tiene que desabrocharse porque ya tenía la bragueta abierta. ¿Acaso el mismísimo Don Francisco de Quevedo y Villegas no se aliviaba en las calles del Madrid de los Austrias? Pues él no puede ser menos que el genio de las letras castellanas. ¡Habría que ver si meaba el literato tan lejos como él! En cualquier caso, tienen razón los que dicen que siempre llueve sobre mojado, porque la pared es un verdadero manantial de orines, veta de oro y plata líquidos, lugar de descanso para alcohólicos, jóvenes de vejiga floja y algún campechano magrebí.
Su compañero, en cambio, siente algo sólido revolverse en su interior. Ya sea por la luz del sol o por el aroma a meado, tiene la urgente necesidad de dejar un recuerdo en el barrio. Al fin se agacha y entre joviales arcadas vierte una plasta amarillenta y pastosa en un portal. No hay duda: podemos decir que acaba de dejar ahí lo mejor de sí mismo.
Pero alejémonos de tan simpática pareja, que ya nos advertía el poeta que de algunos españolitos que han venido al mundo es mejor que nos guarde Dios... si es que lo hay. Si no lo hay, pues estamos apañados, ¿qué quieren que les diga?.
También termina la jornada para los mendigos, que prefieren velar durante la noche, cuando pueden ser presa fácil de cualquier bandido o acaso por algún valiente con aspiraciones de limpiar Madrid como hacen los superhéroes con los villanos, si bien sería preferible que tan generoso y eugenésico objetivo comenzara con el suicidio.
El día es para dormir y los ancianos se desayunan un selecto cartón de vino Don Simón y siguen el interminable letargo, envueltos en sus mantas, más para esconderse del mundo que del frío. Algunos afortunados incluso pueden dormir a cubierto en el interior de un cajero, bajo el esperanzador anuncio de un plan de pensiones en el que un fotogénico anciano sonríe con su nieto de la mano...
No, esto no ha empezado nada bien. Trato de encontrar un tema decente para escribir pero estas visiones urbanas no me ayudan lo más mínimo. A las musas se las supone bellísimas mujeres de perfil griego, envueltas en togas que forman pliegues de fantasía en sus elegantes andares, pero en mi cabeza no veo más que un mendigo abrazado a un cartón de vino en un suelo que es un óleo de vomitonas, colillas y excrementos de perro.
No, así no se puede escribir nada. Pero no me doy por vencido. Quizás un paseo podría despertar a la musa.
Contemplo la hermosa Plaza de Embajadores. El viento lleva las gotas de la imponente fuente del centro hasta mi cara. Pero si no nos dejamos embriagar por los sentidos y miramos con atención podremos descubrir el rincón más interesante y distinguido de la plaza, justo al lado de un supermercado. ¡Sería imperdonable que se nos escapara esta verdadera Corte de los milagros! Tan ilustres señores parecen gitanos pero no lo son, simplemente tienen las caras abrasadas por el sol, los cuerpos consumidos por la droga, las mejillas chupadas, las greñas sucias y casposas, el afeitado de cuatro días… He aquí la más castiza e indómita raza celtibérica.
Podría no parecerlo pero son empresarios de oficio, y muy ocupados además, que aunque pudiera parecer también que se pasan el día entero mano sobre mano son gentes industriosas y financieras. Atienden a los compradores que les llegan con un ojo para el cliente y el otro para la policía que puede llegar en cualquier momento. Son gente discreta y nunca he podido ver su mercancía, traída con no pocos riesgos desde los campos del Magreb, las selvas de Colombia y hasta las montañas del Afganistán. En cualquier caso debe ser muy valiosa por la ansiedad de sus clientes. ¿Quién sabe si muchos de éstos no acabarán por afiliarse a este gremio? Es bueno saber que no se pierden las tradiciones.
Pero no es buena idea permanecer mucho tiempo en este rincón, los miembros de la Corte de los milagros son muy celosos de su espacio. Uno de ellos, con la cara roja como un langostino cocido, me mira a disgusto con sus ojos duros y astutos. Sin duda es el jefe por la gorra que le distingue y sus largas patillas de Curro Jiménez. Incluso tiene su propia guardia personal, que no pueden ser otros que el "algarrobo" y el estudiante. O al menos hay un parecido bastante patético y razonable con el entrañable trío de bandoleros, si bien estos individuos tienen más un aire de supervivientes de posguerra que de héroes de la Guerra de la Independencia... pero mejor nos llevamos la literatura a otro lado.
Sigo mi camino y las calles se hacen más espaciosas. El viento se lleva el embriagador aroma a meados y a sustancias semidescompuestas. Ante mí se abre la enorme plaza de Atocha, que también tiene su centro comercial. La mayoría de los vendedores pertenecen al mismo gremio que los empresarios de Embajadores pero aquí los ilustres yonquis comparten espacio con magrebíes y subsaharianos. Es bueno ver tan feliz solidaridad entre comerciantes, trabajando codo con codo lo mejor que ha salido de este solar patrio con mercaderes de todos los rincones de más allá del mar Mediterráneo, arrastrados hasta aquí por su espíritu emprendedor y aventurero.
El mercadillo es mayor que el de Embajadores pero las mercaderías que despliegan sobre sábanas de tela rasgada son bastante más modestas. Pantalones deshilachados, revoltijos de andrajos, hojas de afeitar usadas, gayumbos de tercera mano... Aunque pudiera no parecerlo, entre mercancías tan prácticas también hay lugar para la cultura y descubro un libro con las predicciones del horóscopo chino para el año 1987. ¿Quién sabe qué misterios oculta? Y por supuesto, no se olvidan de las necesidades del espíritu, pues podemos encontrar alguna revista pornográfica de los setenta -auténtico documento histórico de la Transición- con alegres muchachas que hoy son abuelas de flácidos pellejos.
¿Y quién puede comprar estas cosas? Los viejos, aquellos que han olvidado que España va bien y que nuestro Producto Interior Bruto crece a un cuatro por ciento anual. Es la debilidad senil propia de la edad y aunque les repiten con insistencia las bondades del euro, su sordera crónica les impide saber que viven en un país maravilloso. Todavía pensando en pesetas, murmuran que las paupérrimas pensiones han perdido poder adquisitivo... Fantasías de viejos que les llevan a comprar lo que a otros sólo les produce asco.
También pasan muchos turistas por el mercadillo. Algunos acaban de salir de la estación de tren de Atocha y otros se dirigen al museo de arte contemporáneo. Como las guías turísticas no les han advertido del enclave comercial de esta plaza lo ven todo con sorpresa, admirándose del próspero bullicio mercantil. Ah, en España nunca se ha reconocido el talento y ni siquiera nuestro alcalde ha querido venir a inaugurar este mercadillo, siempre pronto a volatizarse en cuanto se divisa la gorra de un policía municipal....
El caso es que tampoco hoy he comprado nada en el mercadillo y sigo sin encontrar un tema para escribir. Por un momento dudo si dejar mi paseo urbano y retirarme a algún parque. Quizás me inspirara la inocente visión de los niños que juegan a desenterrar cascos de botellas y condones en la arena del parque. O cerraría los ojos y me relajaría con la música de seis equipos de música funcionando a todo volumen, con la pegadiza "salsa" de los latinos. Siempre, claro, después de previo pago a sus "brothers" de las bandas de "burger kings", celosas de su espacio y dispuestas a luchar entre sí para que se sepa si Batman le puede o no a Spiderman.
Es curioso que estos burger kings se den el título de reyes, nada menos, y algo de razón tienen porque viven sin trabajo ni oficio como hacen los buenos reyes. ¿Cuántos aristócratas deambulan por las calles de esta Villa y Corte de España? Quizás sea imposible enumerar a tantos duques de la escoria, marqueses del butrón, barones de la navaja...
Pero no me apetece ir al parque. Mis pies inquietos me llevan al corazón de la urbe, hasta el verdadero centro comercial. Quizás sumergiéndome entre las masas que tan felizmente acuden a los grandes centros comerciales encuentre a mi musa. Sí, el ajetreo de la Puerta del Sol y de la Plaza mayor, los felices turistas, el ambiente castizo y las tiendas de souvenirs "made in Spain" me reaniman. Creo que acabo de ver la cabeza de la musa entre la gente...
-Por favor, ayuda para comer.
¡Maldición! Un extraño personaje interrumpe mis pensamientos justo en el momento en que la modelo de lencería de un gigantesco cartel en la fachada del Corte Inglés empezaba a inspirarme un relato.
Sí, éste personaje es el más bizarro de todos los que me han salido al paso. No tiene brazos y de los hombros no le quedan ni los muñones. Va de un lado a otro de la Puerta del Sol, agitando el vaso de plástico que sujeta con los dientes.
-Por favor, ayuda para comer.
No se entiende muy bien lo que dice porque habla con el vaso entre los dientes pero no deja de repetirlo una y otra vez mientras sacude las monedas. Con él va su fiel compañero, con el que se complementa a la perfección, pues éste tiene brazos pero no piernas. También lleva su vaso, en la mano, y lo sacude sin dejar de arrastrarse por el suelo.
-Por favor, ayuda para comer.
En fin, parece que la extraña pareja ha conseguido una buena cosecha pues resuenan las monedas con generosidad. Más tranquilitas, también las ancianas zíngaras esperan un alma caritativa sentadas en el suelo y con un pañuelo liado en la cabeza. Normalmente trabajan en los vagones de Metro, distrayendo a los viajeros con su previsible cantinela:
-Por favooooore, tengo hiiijos y no tengo dineeeero. Triste es peeeedir, pero más triste es pasar haaaambre.
Arrastran las vocales con tono lastimero, repitiendo siempre el mismo discurso como mandan las ordenanzas de su gremio, pues para la mendicidad, como para conducir un taxi, hace falta licencia y acatar un severo reglamento.
Maldita sea. Esas viejas zíngaras no sirven para un relato. Si acaso fueran vampiresas de rostros arrebatadores y ojos oliváceos o si celebraran algún aquelarre en la Plaza Mayor o si me echaran alguna extraña maldición gitana... Pero la juventud que acude en masa a comprar me inspira más. Veo las parejas y pienso en el amor. Sí, ése es un recurso que siempre funciona para un relato, un tema universal que interesa a todos. Podría hablar de una historia de amor, como la de una muchacha que veo al lado de cierto señor.
¡Es que es tan fácil reconocer el amor verdadero al primer golpe de vista! Ella es bastante guapa con sus ojos rasgados de algún país asiático indefinido y más provocadora aun con esa minifalda que es más mini que falda. ¿Cuántos años puede tener esa adolescente? Ni siquiera estoy seguro de que haya cumplido los dieciocho. En cambio a su novio le estimo unos cincuenta años y no creo que me equivoque por mucho. Les observo pero se marchan rápido, seguramente hacia la calle de la Montera para consumar su breve pero intensa historia de amor.
No, recapacito y pienso que quizás ésa no sea la historia de amor que necesitaba para una historia. Pero estoy cansado ya de pensar sobre qué podría escribir. Estoy llegando al fnac y muy cerca está la Casa del Libro. Ya que no he encontrado un tema, creo que compraré algún libro y quizás me despierte la inspiración. ¡Qué se le va a hacer! No siempre se despierta la musa.
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Relato costumbrista, crudo y realista |
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16-10-2007 18:45 |
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Se te da bien este estilo descriptivo y critico, con su pizca de mordacidad y su toque de pena. Zola mola.
Nada que objetar a un buen relato que no desmerecería en cualquier revista dominical, al lado de los comentaristas oficiales.
La vida es fea, pero para eso tenemos la literatura, y los sueños....
Enhorabuena, se te va notando oficio.
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RE: Relato costumbrista, crudo y realist |
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23-10-2007 07:43 |
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Ay, a veces no queda más remedio que escribir sobre las cosas feas de la vida. Gracias por tu comentario, Nachob.
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Panorama retratado |
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02-10-2007 23:24 |
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La verdad es que se te dan bien este tipo de relatos críticos. Te voté el de agosto y seguramente también te votaré este.
Una cosa, cuando describes a los mendigos, ¿es una metáfora o también es real? es que no lo concibo.
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RE: Panorama retratado |
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04-10-2007 17:07 |
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No sé a qué detalle te refieres en concreto, pero la verdad es que las descripciones he intentado que sean bastante fieles a la realidad. Le he echado fantasía al estilo pero en el contenido... pues me temo que todos son personajes reales.
Gracias por tu comentario, velectric.
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RE: Panorama retratado |
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04-10-2007 19:15 |
Solharis dijo: No sé a qué detalle te refieres en concreto, pero la verdad es que las descripciones he intentado que sean bastante fieles a la realidad. Le he echado fantasía al estilo pero en el contenido... pues me temo que todos son personajes reales.
Gracias por tu comentario, velectric.
Me refería a la descripción de los mendigos, a uno le faltan los brazos y a otro las piernas- ¿Es cierto?
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RE: Panorama retratado |
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04-10-2007 22:59 |
velectric dijo: Me refería a la descripción de los mendigos, a uno le faltan los brazos y a otro las piernas- ¿Es cierto?
Sí, son reales y los he visto más de una vez pidiendo por la Plaza de Sol.
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