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Un texto que roza la poesía maldita, en prosa poética.
Parpadea, lector; parpadea antes de que mi luz te ciegue o te deje sin sentido. Que no se oculte en tu rostro la sonrisa maldita, pues de ella saciaré mi venganza fría y descarada; ¡qué no se aparten de tus ojos los colores, o sabré que el infierno ha venido hoy a buscarnos! Si parpadeas, en estas horas, lector, descubrirás lo fácil que es escapar de una hoja, de una historia, de un verso, cuando en realidad lo único que hacemos es reafirmarnos como dichosos, siendo realmente desdichados y estando encaprichados con una vida que es efímera y que, en realidad, ni en un atisbo nos pertenece. Parpadea, oh atareado lector, y sabré que la necedad no sólo aterriza en las mentes fútiles, sino también en aquéllas que creen saberlo todo y, sin embargo, no saben nada. ¡Si escapan hoy las furiosas ánimas del infierno, sabrás que ha llegado tu hora! No existe día en el que la muerte nos reclame; nosotros nos la buscamos y, sin sentido, le lloramos cuando, como una madre, nos regocija entre sus sinceros brazos. ¡Qué no sea una mentira hoy esta lectura; ni las mil hojas que, si vives, luego pasen por tus ojos! Sentir arder la pasión; sentir, sentir, sentir sin sentir acaso sentimiento alguno; alojar en el alma la peor de las maldades, siendo, al mismo tiempo, terriblemente buenos y humanos; hacer arder la pericia, sustituyéndola por hermosos colores: sin orden ni concierto, sólo llenos de una pérfida apariencia: ¡así hallaremos el reposo de la vida desordenada, de la caballerosa inocencia de un niño que un día asomaba por nuestra mirada y ya, tan lejanos y perdidos en los derroteros de esta absurda existencia, dejó de mirar porque le daba miedo lo que veía en nosotros mismos! ¡Ah, no te engañes, aburrido lector! La vida no está hecha de todas esas cosas que recordamos; sino de las que, cuando soñamos, nos invaden sin que podamos darle forma. La imaginación es un arma que el mundo entero —la humanidad, y cuantas existencias de vidas compongan este infinito universo— ignora e infravalora; pues ¡ay de aquéllos que realmente sepan el poder que tienen sus manos! ¡Ay de aquéllos, digo, porque el poder consume al hombre al igual que un rayo espanta la vida de un cuerpo! Ay, también, porque un hombre no puede cargar solo con todo el peso que, en esa extraña y arbitraria red inmensa que se nos ha regalado —sin que sepamos darle un uso realmente útil y genial—, se subleva más allá de nuestros hombros, por encima de la cabeza y de las cien mil imaginarias que residen encima de nuestra cabellera pegajosa.
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