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“No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”
Hace ya más de una década desde que en las librerías españolas apareció el capitán Alatriste, protagonista indiscutible de la serie literaria contemporánea de mayor éxito en nuestro país. Quizás con un poco de retraso respecto a la película, pero nunca es tarde para que OcioJoven rinda un homenaje a este espadachín cuya saga ha reinventado la novela histórica y cuyas cifras de ventas no tienen parangón: superan ya los tres millones de ejemplares.
Resulta que nuestro capitán es un sicario que antaño formara parte de los tercios de Flandes, un mercenario que se mueve por el Madrid del siglo XVII. Lo más interesante que tiene Alatriste, al menos para mí, es su código de honor, su dignidad repetidas veces demostrada en esas aventuras, en esas emboscadas en compañía del joven Íñigo Balboa o en esos lances contra el asesino Malatesta. Con secundarios de lujo como Lope de Vega o Calderón de la Barca, en su primer libro nuestro capitán se verá envuelto en una intriga perpetrada por la propia Corte. Será en el siguiente libro, Limpieza de sangre, cuando sea requerido por Quevedo para que averigüe por qué ha aparecido una mujer estrangulada frente a una iglesia. Sí, con la Iglesia hemos topado. Además aparece otra trama por la que Alatriste deberá rescatar de un convento a una joven novicia. En cambio la tercera entrega, El sol de Breda, escenifica las batallas y el asedio de la ciudad holandesa en 1625. Como siempre, Íñigo es el narrador, pero ahora también empuña por primera vez una espada a punto de convertirse, como su amo, en un lobo solitario. Veremos cómo las tropas, hartas de pelear sin recibir las pagas, hacen un motín. De este libro, del que me encanta un valiente y veterano soldado llamado Sebastián Copons, es paradójico el título pues en la obra apenas hay sol.
Por esa época el enorme imperio español luchaba, mantenido por hombres como Alatriste, contra todos. A su regreso de Flandes, en El oro del rey nuestros héroes reciben el encargo de reclutar a un grupo para una misión relacionada con el oro de las Indias. De todos los personajes, será Quevedo quien se desarrolle de una manera más peculiar pues por primera vez se sitúa más cerca de la monarquía.
Cuando comenzó esta saga (que quizás ha sido su pase a la Academia) Pérez-Reverte era ya un novelista maduro convencido de que el gran Siglo de Oro se estaba contando mal. La idea de hacer comprensible el panorama de aquella época es el motor que pone en marcha las aventuras de nuestro espadachín. Por eso, si nos fijamos bien, hay un libro dedicado a la diplomacia de la época, otro a la guerra de Flandes, otro a la Inquisición, otro al oro de América, a la cultura, al teatro... Alatriste es un retrato de la España de hoy a través de la que una vez fue. Por ello el capitán es un falso personaje históricamente hablando: no es antiguo ni arcaico, sino que ve el mundo con los ojos de alguien del siglo XXI.
El hecho de haber seguido los episodios de Alatriste me han llevado a intrigarme tanto por el narrador como por el personaje. Me parecía que había algo más que aventuras de capa y espada, y es que Reverte, como Alatriste, también juega con las palabras y con los silencios. Cuando lo leí en una entrevista, confirmé mis sospechas: Alatriste ve el mundo como lo ve Pérez-Reverte, y viceversa, claro.
Por supuesto que en las novelas hay documentación histórica, pero está metida al servicio de los personajes, usada para aventurar con credibilidad las posibilidades de los protagonistas y que el lector pueda reconocer en sus reacciones sus propios ideales o sus propios sueños. Los personajes pueden ser ficticios, pero los hechos de su entorno no lo son. El éxito de esta saga se debe a darle vida a una historia y no a reescribir sobre hechos históricos.
El héroe principal, Alatriste, es un superviviente. En El Capitán Alatriste, Íñigo lo admira, pero luego lo va viendo más resquebrajado y va descubriendo que en realidad es un ser que pelea por dignidad. Cuando el héroe envejece mira el mundo con falta de fe en todo, sin ilusiones, sabiendo que todo se va a perder. Alatriste ni cree en el rey ni en la bandera, pero nunca se rinde. Es orgulloso, pero eso no es un defecto. Sí lo es en exceso, pues lleva a la soberbia, a la arrogancia. El drama de Alatriste es el de muchos españoles en muchas épocas. Gente que ha tenido fe y ha luchado donde sea para que a su regreso a España se den cuenta de que su esfuerzo no vale para nada y que todo sigue en manos de los incompetentes de siempre. Esa desilusión era terrible: el imperio más rico del mundo se desmoronaba. El oro pasaba por España pero no se quedaba. Alguien con perspectivas de futuro en aquella época prefería jugársela e irse para hacer fortuna a quedarse y morir. Estamos hablando de personas que mataban o vendían a su madre por dinero, aunque a su vez la mayoría tenía códigos de lealtad, de dignidad. Un ejemplo lo tenemos en Quevedo, que era un personaje muy digno pero con contradicciones: en una época halagaba a la monarquía, después cayó en desgracia, aunque tuvo una etapa en la que se acercó a la monarquía otra vez.
Y es que ahora quizás es fácil, pero en aquel tiempo era imposible separar religión, de guerra y de todo lo demás. Los españoles eran gente de fe y, además, creían que degollando herejes se glorificaba a Dios. Eso es lo terrible y lo dramático de la época. Era un país muy religioso por el que se mueve un Alatriste que ha perdido la fe en todo, pero es siempre leal a sus juramentos. Con Alatriste, Arturo Pérez-Reverte ha conseguido que una criatura de ficción se haya convertido en un héroe español, pero no por ser un perdedor sino por su código: la lealtad a la palabra dada se cumple por encima de todo, lo que se empieza, se acaba.
Pero no sólo en los libros podemos encontrar a los personajes de esta saga, sino también en las de dos cómic (uno para los niños y otro para un público más adulto), un juego de rol o incluso en un sello que se editó en el año 2002. Además, como a estas alturas todos sabemos el director Agustín Díaz Yanés llevó al personaje al cine en una superproducción de 24 millones de euros que tenía por estrella a Viggo Mortensen, y de la que me voy a permitir el lujo de comentar que es buena, aunque francamente decepciona si esperas ver Las Dos Torres porque, como es lógico, las guerras en Flandes no eran entre millones de orcos y elfos asaltando espectaculares fortificaciones sino entre quince mugrientos soldados para coger una colina.
Para que el artículo no pase sin contar nada del autor, decir que nació en Cartagena en 1951. Fue reportero de guerra y durante más de 21 años vio las atrocidades del hombre en su belicismo (prueba de ello son sus experiencias plasmadas en Territorio Comanche). Actualmente, escribe en El Semanal, en la sección Patente de corso. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas y algunas llevadas al cine, como La tabla de Flandes, El club Dumas ó El maestro de esgrima.
Y la saga (se dice que en total serán nueve libros) sigue viva, por suerte. En diciembre Alfaguara publicó la sexta entrega: Corsarios de Levante, que puede seguirse sin necesidad de haber leído los libros anteriores, aunque es cierto que el lenguaje es algo difícil de entender, en parte por el abundante argot marinero. Esta vez se nos lleva por las aguas del Mediterráneo en donde se suceden mil batallas entre españoles contra los piratas ingleses, holandeses y turcos (entendidos como no europeos). No cuento más, pero decir que, afortunadamente, no sólo hay piratas en el cine, pardiez.
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