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 Déjar 25-04-2007 16:08
Por: Queen of tales
  

Historia de la patinadora de la azotea.


tech
Llevo viviendo más de diez años en el mismo barrio de Oviedo, donde el quiosquero canta por las mañanas “I will survive” en versión original cuando lee el periódico y el peluquero pasea a su perro por el jardín de la señora Rosmerta desde que ésta se quedó calva. Es un lugar único donde convergen las mayores idioteces del mundo sin que nadie se dé cuenta. El portero cree ser escritor y lee a todos los vecinos las actas más inverosímiles, el jardinero hace más de dos meses que no trabaja porque no sobrevivió ninguna planta a su cuidado, y los vecinos, en lugar de quejarse, le dan el pésame y coronas de flores para que lo supere. Es un barrio raro, donde sin parecer lo que es, todo sigue siendo. Una vez oí decir en la radio que debía existir un lugar donde confluyesen lo real y lo imaginario, donde hubiese una línea fina que delimitase la existencia del mundo, y creo que ahí estaba, en Déjar.

Desde el primer día que llegué, noté algo extraño en los vecinos; veía sus miradas en los frascos de colonia de la droguería Ramírez y en los cornflakes de por las mañanas. Me perseguían a todas partes con sus murmullos y tarareos que se perdían por el alcantarillado de las calles, y mi interés crecía con el paso de los días.

La señora María era mi vecina preferida. Aún me acuerdo del primer día que llegó enseñándome un bonsái. Me recordó a los campos recién regados de amapolas, no tanto por su olor sino por el color y la vistosidad de sus flores y hojas. Me lo mostró con orgullo, toqueteándolo mientras se emocionaba, y fue entonces cuando conocí a Gustavo. La primera vez que le vi me dio un asco tremendo, pero a la señora María le pasaba inadvertido: “Sí, hijo, nunca he sido capaz de matarle”, me decía, “pero de todas formas es un santo, y al final le he terminado cogiendo cariño, ¿a que sí, Gustavo?” y acariciaba al gusano.

Creo que fue esa misma noche cuando me asomé a la terraza a disfrutar de las vistas que ofrece un octavo. Descubrí una ciudad única que se extendía perdiéndose en el campo, y, para mi asombro, vi a una mujer patinar a esas horas. Nunca había imaginado que alguien pudiese patinar de esa forma en la azotea, entre la ropa interior tendida de todo el bloque, en la que se distinguía con claridad los calzoncillos de Manolo Rodríguez y los calcetincitos verdes de su sobrina.

Enseguida me enteré de que era profesora de baile y que amaba los conos de barquillo de los helados de vainilla y frambuesa. Su nombre se deslizaba en las profundidades de mi garganta al pronunciarlo: “Claire”. Era un nombre elegante como ella misma, ágil como cuando realizaba sus piruetas y el viento movía su pelo canoso.

Las noches se sucedían tras los cristales de la terraza, viéndola bajo la nieve y la lluvia, en los días de luna llena y en las noches cada vez más claras del verano. A partir de un día empezó a subir de la mano de un hombre, que desde su primera aparición suscitó en mí una gran impresión. Era torpe, muy torpe, de movimientos hoscos y pelo lacio y mal arreglado, pero parecía divertir a la patinadora, llevándola a invitarle cada vez más a menudo a la azotea.

Siempre se caía, no duraba más de dos segundos deslizándose sobre el suelo mal pavimentado. A veces pensaba que lo hacía aposta para que la mujer le levantase con las manos y sintiese así el contacto de su cuerpo. Nunca aguantaba más de media hora, y después seguía sólo la mujer con los patines, enredada en su mundo de paz y melancolía que transmitía con sus movimientos.

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En una de esas tardes de verano me llegó la música del radiocasete, la suite del cascanueces de Tchaikovski. Sus movimientos sincronizaban a la perfección con las sucesiones de acordes y el ritmo armónico de la melodía. Mientras, el señor miraba con curiosidad. Notaba sus deseos mientras observaba las piernas de la patinadora y ella, ajena, reía. Notaba en mis párpados su sonrisa mientras se contoneaba con el viento. Ese mismo día terminó antes, y el señor la cogió con fuerza del brazo para arrastrarla a su casa. Mi vista apenas alcanzaba a ver la ventana de su cuarto. Se encendió la luz y echaron las cortinas, y a partir de ahí sólo vi las sombras proyectadas: la agitación de la mujer dominada por el señor y los frágiles intentos de escapar. Percibía el olor a sudor mezclado con la colonia de jazmín que utilizaba, los llantos y gritos en busca de auxilio mientras ladraba el perro del peluquero, pero no encontraba nada, y esa noche terminó con las luces apagadas, entre lloros y gritos ahogados en la almohada intentando comprender el mundo en el que vivía.

Miré los siguientes días sin encontrarla en la azotea. Sólo notaba sus suspiros que se colaban por las rendijas de la persiana. Ya no le gustaban los cucuruchos de los helados de frambuesa y vainilla, ni las composiciones frutales que hacía el tendero de la esquina. Salía a la calle a comprar cacahuetes, nueces y miel, y con ellos se pasaba todo el día. Se divertía dejando morir sus jazmines y magnolias y dejó de escuchar la radio por las mañanas.

Un día que coincidimos en la panadería intenté acabar con su mala racha, invitándola a cenar pato laqueado con mandarina silvestre, pero no me contestó; sólo me dejó su llanto interior apaciguado por el olor a baguette de la tienda. Le dejaba lirios y rosas en su puerta por las mañanas, y si estaba inspirado, pequeñas notas de ánimo, pero nada funcionó hasta que dejé unos patines blancos junto a los calzoncillos de su vecino del cuarto. Debieron ser los patines, o el recuerdo de haber visto tantas veces esos calzoncillos tendidos en la azotea, lo que la animó a ver su lugar más íntimo.
Al final subió, patinó y me quedé tranquilo en casa, viendo que seguía el mundo rodado por sus patines.

A los pocos meses, invitó a un hombre de pelo lacio y movimientos hoscos para que subiese a patinar con ella. Me pareció que era el mismo hombre, sobre todo cuando la arrastró a la habitación. El portero siguió intentando ser escritor, la señora Rosmerta nunca dejó de ser calva, el perro del peluquero no paró de orinar en los geranios y petunias de ésta, y el jardinero nunca llegó a cuidar más de dos meses la misma planta, pero esta vez, Claire no volvió a patinar.

 
 
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   ...
17-11-2008 14:40
Pensé en colocar un comentario a la altura del escrito, pero sencillamente me dejaste sin palabras...

Simplemente, espectacular...!

   Suave intensidad
15-05-2007 21:21
Pues eso que no son antónimos como tú has demostrado ;-) . Me ha gustado mucho la sencillez de la prosa y el tono lírico pero sin amaneramiento y la historia es emocionante, de la manera que lo son las miles de pequeñas tragedias que ocurren, entre sol y luna, entre las callejuelas y viviendas de una ciudad. Es un relato que me ha recordado a uno de los más grandes de la historia del cómic Will Eisner y su novela gráfica sobre el día a día (que fue además la primera de la historia) "Contrato con Dios". Por el lado de los defectos, se te ven expresiones forzadas y una cierta dejadez con las formas que deberías pulir, además de ser mejorable (sin estar en absoluto mal) la claridad de la descripción narrativa. Algunos ejemplos de estos errores serían:
" Es un barrio raro, donde sin parecer lo que es, todo sigue siendo. Una vez oí decir en la radio que debía existir un lugar donde confluyesen lo real y lo imaginario, donde hubiese una línea fina que delimitase la existencia del mundo, y creo que ahí estaba, en Déjar"
Es un poco exagerado y fuera de tono este fragmento, le resta intensidad este estilo entre metafísico y existencial, dado que el resto del texto tiene una envidiable sencillez, en el mejor sentido del término.

"Notaba sus deseos mientras observaba las piernas de la patinadora y ella, ajena, reía. Notaba en mis párpados su sonrisa mientras se contoneaba con el viento"

Dos veces notaba muy seguidas una de otra y, además, la parte final:
"Notaba en mis párpados su sonrisa mientras se contoneaba con el viento"

No tiene sentido, sí es bonito como frase, pero no puedes notar una sonrisa en los párpados, no suena coherente y la lírica no tiene porque atentar contra la coherencia ;-) . Un saludote, me ha gustado mucho, apesar de las pegas.

   ¡¡Puff!!
13-05-2007 23:30
Me has dejado con la boca abierta, chico. ¡Qué forma de narrar! Todo tan suave, tan tranquilo, tan sencillo... y tan terrible a la vez. Me parece un acierto el uso e la primera persona, le da una cercanía al relato que parece que es algo que pueda estar pasando ahora mismo. He estado a punto de mirar por la ventana a ver si veía a alguen en la azotea de enfrente.

¡Me ha encantado!

   RE: ¡¡Puff!!
14-05-2007 22:08
Me alegra mucho que te haya gustado.
La historia surgió un día que estaba asomado en la terraza (vivo en un séptimo) y vi a un perro moverse por la azotea, pero como al prinicipio vi que algo borroso se movía pensé que había sido alguien que estaba patinando... :-)

   Buen relato
02-05-2007 09:39
Me ha gustado mucho la mezcla conseguida de fantasía y realidad, el modo de narrarlo para darle un toque increíble pero, a la vez, plausible. No obstante, me ha gustado más todavía el cierre, terrible pero sin ser tremebundo. Un magnífico relato.

   RE: Buen relato
14-05-2007 22:05
Muchas gracias akhul, se agradece de verdad tu apoyo. :-)

   Genial.
26-04-2007 09:42
Me ha encantado como has ambientado Déjar. Casi he conseguido pasear un rato por eas calles.
La estructura y planteamiento es genial. Me quedo un poco "extrañado" con el final, auqnue es muy posible que sea por mi falta de entendimiento.

En general: GENIAL.

   RE: Genial.
26-04-2007 22:32
Muchas gracias por comentar el relato. Con el final lo único que pretendía era mostrar que aparentemente no había cambiado nada en el pueblo, si te fijas, el final y el principio mantienen una estructura similar. Todo sigue igual en Déjar, excepto, la señora, que ya no podrá volver a patinar (porque no ha tenido tanta "suerte" de salir con vida como en la vez anterior).
Espero habértelo aclarado, si no pregunta, que yo respondo con gusto. Gracias

   Cuadro costumbrista
26-04-2007 16:29
Siguiendo con tu tónica habitual, de recoger con mirada limpia y tierna la realidad que te rodea, dandole unos pequeños retoques que acentúan la parte onírica de la existencia.

El relato podría tener un tono sarcástico y subrealista, si no fuera por esa capacidad que tienes para la dulzura, tratando tus personajes, y en este el propio escenario es uno de ellos, con amor.

Por eso tus relatos dejan calor en el interior y sonrisa en los labios, aunque este lo hayas finalizado un poco más amargamente.

Cuidado con el estilo, esta vez lo noto un poco menos cuidado y pulido que otras veces. En la lectura he encontrado algún bache que no la hacía tan fluida.

Como siempre, un placer leerte.

   RE: Cuadro costumbrista
26-04-2007 22:20
Muchísimas gracias por los comentarios, ayudan de verdad a la hora de intentar mejorar y animan mucho para seguir escribiendo. Cuidaré y me fijaré más en los aspectos de estilo, que por lo que veo (ya me lo han dicho varios amigos) tengo bastantes "descuidos". un saludo

   Delicioso
26-04-2007 18:00
Eso me ha parecido tu relato. Genialmente narrado, hermoso, cautivador. Con reminiscencias de un lugar llamado... Macondo, que nos abruma a la vez que nos enloquece. Genial, en serio. Bravo. Cuatro estrellas para ti.

Un sencillo, ameno, y magnífico cuento.

   RE: Delicioso
26-04-2007 22:22
Cuatro estrellas!!! Eso es un subidón de autoestima. Lo utilizaré para seguir escribiendo e intentar mejorar. Muchas gracias, y una sonrisa.



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