| Sobre el olvido y el recuerdo: Dos relatos fúnebres |
22-11-2006 14:28
Por: chus1818
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Aquí dejo un par de relatos que aunque no compartan una historia sí tienen en común muchos otros aspectos.
Los entierros de los virtuosos
En cuanto lo vieron los chillidos no tomaron espera, pero a nadie le importaba.
La noche se aventuraba eterna; luna llena y cielo de estampa de nubes limpias que, aunque siempre con parcialidad, la cubrían sin con ello llegar a ser cómplices: el resplandor blanco iluminaba el suelo de las calles más anchas y las vueltas y ventanos de las más angostas, se inmiscuía alevosamente entre los vidrios y daba cita a los amantes del romanticismo de las noches de luna, a los borrachos y a los vigilantes y del mismo modo a nuestro pálido protagonista, el muerto de la plaza mayor. El lugar, tan transitado en el día, animoso y alegre se tornó cuanto menos esa noche y al tañido de la primera campana el más escabroso sitio, el más fúnebre y funesto y el más triste de la ciudad. Y no es éste un caso de los de muerte juzgable, cosa que aunque impropia no pocos dejarán de practicar, sino que el difunto era una buena persona, un buen amigo de amigos, desconocidos e incluso opuestos, los últimos para nada recíprocos.
Alma caritativa, corazón de honestidad y mente honrada era el primero en albergar cuando lo pedían a perros, gatos o personas en su misma casa, incluso después de haber sido burlado más de una vez por ello. Tampoco tenía fama de complejo ni rencoroso; su mayor amor siempre había sido su familia y aún después de los funerales de su mujer y dos hijos no permitía a nadie conocer su tristeza sólo por pena de poder transmitirla o de preocupar de algún modo; y no pocas veces había puesto en riesgo su profesión o incluso su persona por favores a quienes, afortunados dentro de sus problemas, pudiese acompañar en los pesares.
Padre de una hija de dientes de leche y de un varón enfermo, había salido a por consejo de un médico que le había cerrado la puerta en las narices cinco horas antes, últimas en su vida, que pasó esperando una reacción cómplice del universitario, sentado en la puerta de su casa. Por supuesto no la recibió, ni lo hará por desgracia. ¿Por qué?, os preguntaréis. ¿Qué hizo para estar ahora tumbado en el gastado suelo de la plaza? Tan sólo escoger un mal momento. Tan sólo no ser suficientemente corpulento para parecer una víctima difícil. Tan sólo no ir acompañado una noche cualquiera. Le han matado por dinero, por bebida y por una disputa de bar que ni tan siquiera escuchó. Tres navajazos, bolsillos rajados y chaqueta robada. Así acaba la vida de un buen hombre.
Cuando le descubran sin duda sonarán aullidos de espanto, aullidos de miedo y griterío de locos, que en algo de tiempo se irán acallando. Serán después murmullos y conjeturas, comidilla de cotillas y jornadas de café con galletitas y tazas blancas, y después... nada. Para ese entonces ya su hijo habrá muerto, y su tío se estará preocupando por no encontrar sepultura y viendo a su hermano proyectado en cada cuchara y espejo esperando un fin para su desgracia. La hija, huérfana de familia propia, llorará y acabará muriendo de la más pura pena un año después, y otra vez el tío se encargará de no sentir ninguna muerte o mal en consciencia y encontrará sepultura a buen precio. Una vez enterrada se acabarán sus problemas, y como tales no querrá dedicarles ni el más pequeño trozo de su tiempo, y sus huellas su hundirán en el pesar del tiempo como hiciesen las de su padre y hermano.
La otra noche encontré tres lápidas sin nombre en un campo cerca del desvío de los virtuosos, tres piedras roídas y tres historias. Y el viento susurraba al pasar palabras de resignación.
Réquiem por un muerto.
El fantasma del viajero errante, del alma en pena y la falta de homenaje que le persigue.
Si alguien le hubiese visto, sin duda no sería de indiferencia su reacción. Arrastraba el aire taciturno y acongojado de los que han vivido, y en un par de alforjas mal cargadas, en unos hombros demasiado entecos, se adivinaban bultos de los de vete a saber qué, las versiones crecidas de los que gritaban desde los bolsillos de su gastado chaquetón de mal linaje gritos de atención, de aviso, en compendio de estoy aquí. Gustábale además todo lo que tuviese a ver con la flora, amiga y confidente muda, y era en consecuentemente normal hallarlo en la armonía del bosque, olisqueando por doquier, acariciando flores y avistando nuevas metas en lugares de árboles profusos y maleza abundante. También, dicen, alguien podía ser capaz de encontrarle en los pequeños caminos de montaña, mirando al cielo y siguiendo a las estrellas con pasos lentos e insonoros, cansados aunque no por eso más sufridos que los de cualquiera.
Es pues él, nuestro amigo de plantas y perseguidor de astros, nuestro señor personalidad elíptica que cualquiera habría adivinado existir pero no encontrar, el que, aliento tras aliento desgasta su otrora incontable tiempo, lo araña para no perderlo y deja caer gotas sufridas y sordas de impotencia y puro desespero. Y luego acepta, resignado, su destino de muerto, su calidad de cadáver sin lápida y su naturaleza errante. Es tan sólo un vagabundo de veredas olvidadas, un recuerdo y media ilusión.
Oh, pueda parecer malo el futuro. ¿Cuanto le queda al héroe taciturno, acaso no merece la aprobación de la historia y el porvenir? De pocos depende eso, pues en vida nada acuñó su fortuna, tampoco nadie. Y aunque sea de virtud majestuosa, de vivacidad extrema y valor tremendo, nunca lo sabremos porqué ya es sólo una imagen, un recuerdo. Nada ha vivido, nada ha pasado, no hay huellas ¿pues para qué buscar más? A quién le importa, no vamos a morir por eso, ¿verdad? Nos sería más conveniente nuestro propio Carpe Diem (o nuestro propio placer, jodamos y bebamos, que si no igual se parece) y a los demás... al olvido con ellos. Ya nos tocará a nosotros el mismo sufrir, pero como queda lejos ya nos preocuparemos después.
Y mientras tanto nuestro pobre fantasma atormentado va sucumbiendo a las efemérides del presente, perdiendo con ello su forma, sus alforjas y los bultos de sus bolsillos, tornando a la forma etérea de la que vino y a la que no en mucho volverá, porque no tiene nombre, no tiene memoria y no tiene vida. ¿Acaso no es su tristeza fundada? Ya me diréis en unos años.
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Regular |
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02-01-2007 16:22 |
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Destaco el tono melancólico y algunos pasajes inspirados de gran emotividad y fuerza poética.
Interesante las reflexiones y algunos recursos estilísticos.
Discutible la escasa narración.
Regular en general como ejercicio de estilo. Para mi gusto, demasiado recargado, abusas de las construcciones forzadas y de expresiones extrañas.
Muy mal un par de vocablos desafortunados que rompen totalmente el tono poético que pretendes dar al texto ("trozo" de tiempo/ "jodemos" y bebemos).
Un saludo. Nos leemos.
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RE: Regular |
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02-01-2007 16:35 |
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Gracias por el comentario. Las críticas siempre son útiles.
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Originales pero recargados |
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22-11-2006 14:31 |
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Me han gustado mucho las ideas de los textos, especialmente la del primero. Tienen ambos una cadencia melancólica muy interesanta. Sin embargo, creo que has forzado la mano con la redacción, utilizando frases demasiado largas que pierden al lector. Creo que el conjunto hubiera ganado en fuerza con una prosa más sencilla.
En cualquier caso, unos escritor muy interesantes. Espero seguir leyendo más.
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RE: Originales pero recargados |
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22-11-2006 15:43 |
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Gracias por el comentario. El tema del lenguaje tiene relación que un experimento que estoy haciendo desde hace unas semanas en mis escritos, me gusta sobrecargar aunque deberé vigilar el modo en que lo hago, tampoco querría que fuesen pesados en exceso.
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Un ejercicio de estilo |
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23-11-2006 10:02 |
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Son dos relatos muy agradables de leer, y el tono y las reflexiones son muy adecuadas para la materia. Como todo ejercicio de estilo tiene momentos más afortunados que otros (algunos muy buenos).
Pero lo que he hecho es copiar y ponerlos en formato texto e imprimirlos. No sé si os pasará lo mismo pero me sigue constando menos leer en papel que en la pantalla, sobre todo este tipo de textos que requieren una mayor concentración para poder apreciar todos sus matices. Así leídos resultan mucho más sugestivos. Voy a proponer la posibilidad de que se puedan imprimir en formato papel los relatos. Así incluso se podrían llevar para leer con más tranquilidad sin depender del ordenador.
En cuanto a la historia la primera me ha parecido bonita y triste, con una buen reflexión sobre el sinsentido de la vida, y la segunda creo que tiene un sesgo más emocional (me ha gustado mucho la frase final del 2º relato, porque mete al lector en la historia).
Cuatro estrellas, sobre todo por algunas frases de esas que relees para paladearlas, aunque el conjunto sea más desigual.
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RE: Un ejercicio de estilo |
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23-11-2006 15:48 |
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Olvidé otra cosa, la opción del formato de impresión de los artículos está en uso. La encontrarás debajo de la pestaña de los votos y la de recomendación por mail. Aún así, quizá pueda molestar gastar la tinta de las fotografías y aunque no me parezca crucial, sí agradecería una opción de impresión con tan solo el texto (además de la que ya se ofrece).
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RE: Un ejercicio de estilo |
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23-11-2006 15:37 |
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Gracias por el comentario. Las observaciones siempre ayudan, y los ánimos que dan también.
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