| Si se parecerá esto al infierno |
06-09-2006 11:07
Por: gancheja
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Un breve relato sobre lo que para mí sería un infierno, escrito en abril de 2005. Fue un ejercicio para después de leer “Los sueños”, de Quevedo.
Sentada en clase esperaba un milagro, que algo me sacara de allí. De repente, sonó la puerta y era Custodia para decirme si podía salir un momento, que me estaban esperando en conserjería.
No sabía quién me esperaba ni para qué me querían.
La cara me debió cambiar de color cuando vi a Fernando Tejero. ¿Para qué me esperaba? Apenas le conocía de verlo en una serie de televisión. Lo curioso es que iba vestido como el portero al que interpretaba.
Se dirigió a mí:
-Te ha tocado. Vuesa Merced me va a acompañar a dar una vuelta. “Habemus” de ir los dos porque tú sola no vas a saber llegar donde debes.
Lo primero que pensé fue que debía haber perdido un buen puñado de sesos en el taxi. Aunque hablaba muy raro, al ver a las conserjes tan confiadas decidí acompañarle. Para ser enero, al salir a la calle tuve que quitarme el abrigo; el calor era asfixiante. Al llegar al parque mi compañero habló de nuevo:
-Aquí te quedas sola -me dijo- en la puerta del “templum” ya no te pierdes. ¡Cipote! -me asusté, a punto estuve de salir corriendo. Entonces comenzó a hablar para él mientras se alejaba.- Entre el latín, la lengua esta antigua y el castellano normal yo me voy a volver loco y lo mejor es que como no me aclare pronto me van a echar hasta del infierno.
Llegados a este punto me quedé completamente descolocada. Lo del infierno no era lo peor, lo que más me costó fue hacerme a la idea de que había estado toda la vida deseando salir de mi pueblo y ahora debía pasaren él toda la eternidad.
Me senté un rato en el suelo mientras pensaba dónde ir, al fin y al cabo me iba a cansar de dar vueltas por los siglos de los siglos (amén). Cerca del quiosco del parque vi un grupo de gente y me acerqué a ver quiénes eran. ¡Qué horror! Era como si las fotos del “Hola” hubieran cobrado vida. Me tranquilizaron y comenzaron a identificarse: Isabel Preysler, Yola Berrocal, Ana Obregón, Marlene Moreau y… Juan el Golosina. Lo que no entendía era la relación de éste último con las demás. Me lo explicó La Obregón:
-Es que no lo entiendo. En nuestro carné pone que venimos aquí por exceso, todos los que estamos aquí es por vicios, ¿sabes? El grupo de mis compañeros llevaba sobrepeso de silicona y bisturí, únicamente se podía ir a la sala “VIP” -pensé entonces que aquello del cielo y el infierno quedó antiguo y ahora la parte supuestamente buena era la VIP- con tres operaciones como máximo. Y lo que te decía, bonita, que no entiendo qué hago yo aquí, porque sólo me operé una vez cuando era joven, y de miopía.
Todos se rieron de ella y yo decidí irme porque Anita seguía hablando y en cualquier momento empezaría a contarme su vida.
Seguí mi camino a ninguna parte. En un árbol vi un cartel que ponía “Prohibido escuchar a famosotes y casposos bajo pena de calabozo. Ser ignorados por todos es su condena”. Casi me dio un ataque de risa, les estaba bien empleado.
Divisé una figura humana que repetía un mismo patrón de movimientos una y otra vez. Caminaba unos pasos mirando alrededor, se giraba al frente, hablaba parado durante unos segundos y, para terminar, continuaba su paseo. Al reconocer la figura no podía creerlo: era mi profesora de lengua, la que hacía apenas una hora se había quedado dando clase.
Cuando supe que era ella comprendí en qué consistía aquello. Debía realizar eternamente los ejercicios con los que maltrataba a sus alumnos. Éste en particular era una técnica para hablar en público: entrabas a clase, mirabas al auditorio, dirigías unas palabras a los compañeros y volvías a salir. Visto sin auditorio tenía mucha gracia.
Había fumata blanca al fondo. Si en el infierno estaba el Vaticano a mí que me dieran el tercer grado y me mandaran a otro sitio. Bastantes noticias y reportajes especiales de papas había aguantado ya en vida.
Recordé que una vez en “lo+plus” habían dado de broma el número de móvil del demonio. Como todo aquello era tan raro probé a llamar. Me cogió el teléfono Lorena Escribano. Miré a ver si me había confundido, pero no. Era el 666666666. Por fin mi prima había hecho su sueño realidad; era conserje, nada más y nada menos, que del infierno. Me hizo ilusión hablar con ella. Me dijo que no me preocupara por el humo, que estaban quemando a los que en verano abusan del sol todos los años y quedan al borde de convertirse en brasas. Para que no pasaran frío. Le pregunté por la identidad del demonio. Dijo que no lo sabía porque el secreto estaba bien guardado pero que cuando se enterara ya me mandaría un sms.
Fui a casa a ver si mi familia estaba conmigo o en la sala VIP. Al llegar ni siquiera entré porque les oí hablar. Me fui a dar una vuelta porque a ellos ya los tenía muy vistos y acerca de porqué estaban en el infierno… probablemente por haber criado dos fieras.
El móvil sonó. Era un mensaje de Lorena que decía: “san nterao dq tiba a dcir kin sl dmñ yt tngo xplicar tb com funcionn ls cosas xaki.vt pal atrio”. Cuando llegué allí me explicó:
-Lo que te dije por el sms es que se han enterado que te iba a decir quién era el demonio y me obligan a que te muestre las normas, de paso. No puedes influir en ninguna de las normas, ni modificarlas, pierdes el tiempo intentando que algo cambie por aquí. Está permitido beber, fumar, tomar drogas... Todo es legal. Hay un “pero”: no puedes vomitar en las calles o lugares públicos, tirarte al suelo cuando no consigas mantenerte en pie, arrojar basura al suelo y demás. Debemos tener esto limpio si queremos ganar la candidatura para las Avernolimpiadas de 2016 -qué nivel, Juegos Olímpicos en Belmonte-. Y por último… ¿no te has preguntado cuál es tu condena? -reconozco que no me apetecía demasiado conocerla-. Tranquila, que no soy yo quien se encarga de esas cosas. En la academia te está esperando el jefe.
Caminé de nuevo, empezaba a hartarme de ir de un lado a otro; un e-mail hubiera sido más rápido.
Oí un ruido como de cadenas. Era la música que llevaba la plantilla del Real Madrid por la plaza. Llevaban a rastras sus nóminas en monedas de un euro, supongo que para que comprobaran en sus propias carnes que lo que cobraban era una bestialidad. Espero que al menos tuvieran seguro médico, porque esto les acarrearía serios problemas de espalda.
Urdaci también andaba por allí, no lo esperaba. Pensé que al ser amigo de algunos expeces gordos estaría con ellos en otro sitio.
Reconozco que me fastidió no verlo castigado y me acerqué a preguntarle. El muy estirado no me contestaba, hasta que vi que había truco: iba con unos cascos en las orejas. Al ver que me interesaba me prestó uno para que pudiera oírlo. Pobre hombre, tendría que pasar la eternidad con la sarta de mentiras que había dicho como periodista retumbándole continuamente en la cabeza.
Las condenas que había visto eran todas originales, no lograba imaginarme cuál sería la mía.
Por fin llegué a mi destino. La antigua casa de cultura en la puerta mantenía el cartel que pusimos cuando ensayábamos allí: “casa de la música”. Al menos sabía que en el infierno había música.
Por dentro todo seguía igual, hasta la pegatina de Barbie que había en un ladrillo.
Un grito de: “es aquí arriba”, me animó a subir las escaleras.
Esto era demasiado. Mi pueblo el infierno, la academia donde ensayaba sede del gobierno infernal y allí sentados casi todos los que cantan en mis “cd’s”. Allí estaban Serrat, Ana Belén, Sabina, Eva Amaral y Juan Aguirre, Víctor Manuel y el Boss. A éste último era al que peor entendía, pero adiviné que debía sentarme en la silla del director. No entendí qué hacían ellos gobernando a los demás e imponiendo penas cuando sus ingresos eran parecidos a los de futbolistas y amaban tanto como “El Golosina” las cámaras y focos. Probablemente por sacar mayor puntuación en las diferentes categorías. Me acordé de mi abuela: siempre decía que Ana Belén era una mala influencia.
Sabina, con unas terribles pulgas y un aire de superioridad tremendo, empezó a entrevistarme:
-Dígame su nombre y DNI.
-Minerva, 06276941-B
-Edad no importa… ¿estado de sus cuerdas vocales?
-Supongo que bien: puedo hablar. ¿Para qué es eso?
-Tú calla y abre la boca -rugió Juan mientras manoseaba mis anginas.
-Tía, es que eras un poco pesada -me dieron ganas de quemar al que dijo eso. La pena es que con la mandíbula desencajada no pude adivinar quién fue.
-Uno de los peores vicios que tenías -explicó Víctor algo más relajado que los otros- que a decir verdad no eran pocos, digamos que el que más nos molestaba a nosotros era que pusieras nuestros discos durante horas. Alguien te decía de vez en cuando: “estarán hartos de cantarte”… y así era. Y para colmo destrozabas las canciones a las que más cariño teníamos.
¡Qué asco de gente! Yo manteniéndoles yendo a sus conciertos y así me lo pagaban. Para empezar me lo echan en cara (que no fue poca la vergüenza que pasé) y ahora habría que ver el castigo eterno.
-Querrás conocer tu pena -ahí estuvo muy agudo Springsteen-. Pues bien, tendrás que pasar la eternidad entreteniendo a la gente. Y no de cualquier manera. Deberás aprender nuevas canciones, nos merecemos un descanso. Estamos aún barajando algunos repertorios para ver cuál te imponemos.
Entendí casi todo; menos mal que estaba al tanto Anita -la muy lista- que me tradujo todo de nuevo.
Todos se volvieron a sentar, metieron una llave y se fueron activando una serie de lucecitas encima de una puerta. De pronto, se abrió y apareció El Maligno: José Luis Moreno. He de confesar que esto último no me sorprendió demasiado, siempre me había resultado inquietante su presencia.
Juan Aguirre y Sabina me llevaron hasta él y me sujetaron para que me pusieran unos circuitos en la garganta. Con ellos no podría hablar, únicamente entonar temas de Augusto Algueró; ¡qué horror!
Unos sudores fríos recorrieron mi cuerpo, mi cerebro se comprimió y sentí que mi cabeza iba a explotar. En medio de aquel desbarajuste oí la voz de mi padre llamándome a gritos. Yo le contestaba pero no me decía para qué me quería. De pronto una mano me agarró el pie derecho a y tiró fuertemente de él. Cuando me di cuenta estaba en mi cama, aunque me costó unos segundos ubicarme. Mi padre me gritaba porque no conseguía despertarme llamándome al volumen de todos los días.
Al resto del sueño no he conseguido encontrarle una explicación lógica. Por si acaso, a partir de ahora bajaré mis discos de internet, de alguna forma conseguiré vengarme de los que me hicieron pasarlo tan mal aquella noche.
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15-09-2006 23:17 |
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Ya que me paso por aquí, voy a opinar sobre el relato, me ha parecido gracioso, es chusco.
Me ha gustado, es entretenido leer relatos asi.
Un saludo!
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Un divertido homenaje |
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06-09-2006 11:09 |
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Muy buen texto, compañera. La actualización ha sido de lo más acertada. A pesar de que ando algo desconectado de España, me he reido lo suyo, especialmente con la aparición de El Maligno.
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RE: Un divertido homenaje |
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07-09-2006 23:09 |
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¿Pues de donde eres Akhul?
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RE: Un divertido homenaje |
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08-09-2006 09:55 |
dijo: ¿Pues de donde eres Akhul?
Soy de Zaragoza, pero vivo en París. Por eso reconozco a algunos personajes ya clásicos, y a otros algo menos.
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RE: Un divertido homenaje |
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15-09-2006 23:12 |
Akhul dijo:
dijo: ¿Pues de donde eres Akhul?
Soy de Zaragoza, pero vivo en París. Por eso reconozco a algunos personajes ya clásicos, y a otros algo menos.
Perdón por incluir esto y no ser del relato, pero es curioso yo soy de Zaragoza pero también vivo en Francia, aunque yo en Pau y temporalmente.
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RE: Un divertido homenaje |
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18-09-2006 09:46 |
stalina dijo: Perdón por incluir esto y no ser del relato, pero es curioso yo soy de Zaragoza pero también vivo en Francia, aunque yo en Pau y temporalmente.
¡Qué gracia! La verdad es que estamos unos cuantos maños por la página, aunque en el exilio algunos menos. Un saludo
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Off topic |
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06-09-2006 11:15 |
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Aprovecho para informarte, compañera, de tu participación con este relato en el concurso amistoso "El relato del mes" que llevamos en el foro de literatura.
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