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La visita de Neil Gaiman a Oregón durante su "Angel Tour" es descrita en este gran artículo.
 Neil Gaiman |
Adela Torres
El Gran Noroeste de los Estados Unidos tiene unos paisajes impresionantes, aire puro, parques naturales, bellísimos árboles, y ríos limpios y salvajes. Lo que no tiene es muchas oportunidades de gozar de las cosas buenas de la vida urbana. Cuando alguien famoso va de gira por los USA, suele gravitar hacia California, al sur, o hacia Seattle, al norte, y deja Oregon abandonado.
En esto, como en tantas otras cosas, Neil Gaiman se sale de lo habitual.
Desde hace años, Neil Gaiman lleva ofreciendo tiempo y esfuerzo a la causa del Comic Book Legal Defense Fund, dedicado a combatir la censura en los comics. Esta defensa se manifiesta de una manera especialmente atractiva: Gaiman recorre los Estados Unidos leyendo sus cuentos y poemas, y contestando a preguntas del público. Y el por qué del atractivo de este tipo de acto lo explicaré en breve.
Antes, una palabra sobre mí: no soy mitómana. No soy amiga de conciertos multitudinarios, ni de aglomeraciones, no le veo el punto a la caza de autógrafos y me parece descortés perseguir a cualquier persona con la esperanza de que te estampe su firma en un libro o se haga una foto contigo, con un perfecto desconocido. Por tanto, yo fui la primera sorprendida cuando, ante la noticia de que Neil Gaiman iba a venir a Portland, Oregon, en la penúltima etapa de su último “Angel Tour” (el nombre que reciben estos actos suyos), me encontré desembolsando 30 dólares para conseguir una entrada.
Quizá fuera que había escuchado a Gaiman leer uno de sus cuentos por Internet y me gustó mucho cómo lo hacía. Quizá fuera que, al leer sus entrevistas, me quedara la sensación de que es, no sólo un gran escritor, sino “un buen tipo”, una persona sensata, amable, humilde, a la que no se le ha subido el éxito a la cabeza y que trata a sus fans con cortesía y respeto. Cortesía y respeto que sus fans le devuelven en un grado sorprendente.
Que hablen los hechos: esto es una crónica de la noche del 24 de Octubre de 2000, cuando fui a ver el Last Angel Tour de Neil Gaiman al Aladdin Theatre, en Portland, Oregon.
Vivo a dos horas de coche de Portland, pero salí con tres horas y media de tiempo previendo problemas para encontrar el teatro en cuestión y por los mismos nervios de la ocasión. Tenía que recoger mi entrada en taquillas y me daba pánico llegar tarde, o que la revendieran, o que alguien se presentara dando mi nombre y se la llevara, o cualquier otra cosa imposible que puedas creer antes del desayuno. Y fue una buena cosa que llegara con tanto tiempo, porque el Aladdin Theater está fuera del centro urbano de Portland (una ciudad muy agradable de cosa de un millón de habitantes), en un área de naves bajas, de pubs-restaurante tipo “Abierto hasta el amanecer”, de gasolineras desiertas y de cables de la luz colgando descuidadamente en las fachadas de ladrillo y yeso barato.
El Aladdin en sí da más miedo que otra cosa; está en un edificio bajo, chato, de hormigón descascarillado, y tiene la entrada revestida de espantosos azulejos verde oscuro. Varios estratos de carteles semiarrancados forman el fondo sobre el que se han pegado los carteles del Tour, mezclados con anuncios de actos por venir. Aunque he llegado con una hora de tiempo, ya hay gente esperando. Hazel y Foxglove podrían estar aquí sin desentonar. La mayoría son jóvenes con el pelo de colores vivos (naranja, azul, violeta, en agradable contraste con el entorno sórdido), aunque hay también un señor muy serio con boina, que fuma en pipa, una joven delgada con falda y jersey que me detalla cuánto le ha costado llegar desde su casa, a veinte minutos en coche, y dos chicas que se distraen haciendo malabarismos con unas bolas rojas que se deslizan ingrávidas por los brazos, el dorso de las manos, el hombro, el cuello. Por un momento creo ver a Alan Moore, pero sólo es alguien que se le parece.
El portero, un hombre que debe medir metro noventa, con barba y melena de un rubio vikingo, me dice en un gruñido que todavía no puedo entrar, pese a que ya tengo mi entrada y todo. Alcanzo a vislumbrar un estrecho vestíbulo tapizado en paño rojo, una barra diminuta tras la cual se agazapa un camarero blandito con cara de sueño, y un par de lamparitas que dan una luz naranja oscuro, mortecina. Luego, soy arrojada de nuevo a la calle.
Las otras criaturas de la noche que comparten espera conmigo hablan poco. Algunos hojean comics de Gaiman que se han traído. Yo prefiero tomar notas en un cuaderno.
Llega por fin la hora de entrar. El teatro está casi lleno, salvo algunos asientos en las últimas filas. No es muy grande. Las butacas son anticuadas, de madera, pequeñas, tapizadas en raído terciopelo rojo. En cada asiento hay una tarjetita, ¡sirve para escribir tu pregunta a Neil Gaiman! De inmediato me da dolor de estómago, ¿qué puedo preguntar? Me guardo la tarjeta esperando que la inspiración me ilumine a lo largo de la noche. Mientras la gente se acomoda yo miro el teatro. Los muros están pintados en color crema, y las molduras intentan dar un aire oriental a la estancia, sin conseguirlo. Parece más bien una decoración de opereta, o de burdel. Una lámpara de cristales tintados estilo art decó ilumina, apenas, el patio de butacas y queda totalmente fuera de lugar contra la roseta pseudoárabe del techo. Curiosamente, la decoración me satisface muchísimo: tiene ese aire entre surreal y tierno que Gaiman transmite tan bien en sus cuentos.
El escenario es pequeño y está sencillísimamente dispuesto: contra el telón rojo que hace de fondo, hay un atril de madera con micrófono; al lado, una mesita baja con una botella y un vaso, unos libros, y montones de papeles separados en carpetas de cartulina. Y ya está.
Donde debería estar el foso de la orquesta no hay foso, pero sí una mesa larga, cubierta de libros: son obras de Gaiman, firmadas por él, que el CBLDF vende para conseguir fondos.
Naturalmente, son más caras que el precio de cubierta, y además las tengo todas. No está “Angels and Visitations”, una recopilación de cuentos cortos de Gaiman agotada y descatalogada, ni tampoco “Warning: Contains Language”, un CD en el que Gaiman lee sus propios cuentos: las dos joyas de la corona que me faltan para la colección, y que añoro enormemente. Sí que está el guión de “Day of the Dead”, un episodio que Gaiman escribió para la serie Babylon 5. El precio no es excesivo y, ya puestos a ser completistas… ¡Mío! Mi cuenta corriente se arrepentirá de esto, lo sé. Pero una noche es una noche.
Cuando vuelvo a mi asiento las luces parpadean, avisando de que el acto va a empezar. A mi lado se ha sentado un chico joven, con perilla, que se llama Matt y estudia artes gráficas. Apenas hemos empezado a entablar conversación cuando un señor alto, altísimo, y delgado, delgadísimo, joven pero de pelo blanco, se inclina sobre el micrófono y nos da tímidamente las buenas noches. Se llama Denis Kitchen y es el presidente del CBLDF. Tras presentarse, esboza brevemente los objetivos del CBLDF, agradece a Neil Gaiman que se preste a estos agotadores tours, nos anima a gastarnos dinero en los productos ofrecidos a la venta, y nos deja con Neil Gaiman. Su brevedad le gana un fuerte aplauso del público.
Hay una pausa de cinco segundos escasos, y una figura mucho más baja se desliza entre los pliegues del telón y se dirige al atril. Viste vaqueros oscuros y camiseta negra de manga corta, y tiene una figura muy juvenil para alguien de cuarenta y pocos. Lleva el pelo largo, hasta los hombros. Desde donde estoy se aprecia una cara tranquila, atractiva, luciendo media sonrisa tímida.
Le recibe una ovación cerrada, algunos se ponen de pie, y cuando los aplausos empiezan a remitir alguien le dedica un silbido de admiración. Risas. Neil se acerca al micro y musita un “muchas gracias” algo sorprendido. ¿No sabe este hombre lo atractivo que resulta?
Evidentemente, no.
Las buenas noches, las gracias por venir, se suceden rápidas. La gente quiere lecturas, y Neil Gaiman también. El ambiente es sumamente agradable; no hay un silencio total, pero se nota que la gente está relajada y entregada. Neil toma un sorbo de agua y comenta “En todo este tour, esta es la primera vez que alguien se ha acordado de poner un vaso al lado de la botella”. Risas. Ya tiene al público en el bolsillo. Claro que todos veníamos predispuestos.
Neil toma el libro, que reconozco enseguida: “Smoke and Mirrors”. Y dice una sola palabra: “Chivalry”.
Uno puede pensar que leer cuentos en voz alta es una ocupación aburrida, para el lector y para el oyente. No en este caso: Neil Gaiman tiene un leve y agradable acento inglés, y lee disfrutando de ello, recreándose en las frases, sin dramatizar en exceso pero dando variedad a la lectura, y la gente atiende en un silencio encantado. Chivalry es un cuento amable, alegre, muy adecuado para empezar y ponernos a todos en buen ánimo (como si no lo estuviéramos ya). Además, Neil da a algunas frases un giro irónico que hace que el cuento gane muchísimo. Yo ya conocía la versión oral, por haberla escuchado en www.scifi.com (ahora parece haber desaparecido, pena). Me di cuenta entonces de que Neil realmente disfruta leyendo: su versión en directo es tan placentera como la grabada, dominando perfectamente las pausas. Sabe dónde nos vamos a reír, dónde hace falta dar más o menos inflexión a un personaje, cuándo hacer una pausa. Tiene muchas tablas, y se nota.
Al acabar, todos aplaudimos a rabiar; la noche empieza bien. Casi enseguida, mejora: Neil lee ahora un poema dedicado a una escritora que a él le gusta mucho: Martha Soukup. ¡Vaya, una novedad! Al parecer esta escritora irrumpió muy fuerte en el mundillo de la ciencia ficción y todos hablaban de ella, y esto inspiró a Gaiman un delicioso poema con un ritmo genial en el que Martha Soukup está en boca de todo el mundo, desde los esquimales hasta los lamas, en las convenciones de escritores, y en las galaxias más perdidas. Tenía que parar la lectura de vez en cuando, porque nuestras carcajadas ahogaban su voz, y es que el poema es extraordinariamente divertido. Por cierto, que fue el prólogo que escribió para un libro de relatos de Martha Soukup, “The arbitrary placement of walls”.
Parece que hace falta un cambio de ritmo, y Neil maneja los cambios de ritmo como nadie: lee ahora tres tarjetas de Navidad: textos cortos, extraños, que envía cada año a sus amigos ¡quien estuviera entre ellos! Esta noche nosotros compartimos ese privilegio. Primero lee “Nicholas was”, que fue publicada en “Smoke and Mirrors”: un texto corto, oscuro, ligeramente desazonante. Luego, sin pausa, una práctica lista de instrucciones por si te encuentras alguna vez perdido en un cuento de hadas (situación en la que yo me sentía ya), y finalmente, la tarjeta de 1999: la plegaria del escritor. Un breve pero sentido poema en el que, con gracia e ironía, Neil se burlaba de sus propios miedos y de las manías del mundillo. Para el 2000 sé que Neil envió a sus amigos un cuento corto que no llegó a quedarse en el manuscrito final de su nueva novela, “American Gods”
Tras los aplausos, es el turno de dejar “Smoke and Mirrors” y recoger la dificilísima de encontrar “Angels and Visitations”. Ahora sé que necesito ese libro, porque lo que Neil lee a continuación es un artículo muy serio titulado “Experimento de los efectos del alcohol sobre la creatividad”. No sólo nosotros nos estamos divirtiendo: Neil también, porque pone a su lado el vaso de agua como si fuera whisky y empieza a leer las notas de un escritor decidido a anotar escrupulosamente cómo una ingesta creciente de alcohol afecta (o no) a su creatividad. Al llegar al final del relato nos estábamos revolcando ante la comedida y desternillante actuación de Neil mientras dejaba que la lengua se le volviera de trapo y mezclaba frases y confundía palabras a medida que iba tomando sorbitos de agua, digo whisky, del vaso a su lado.
Consulto mis notas y veo consternada que no anoté el título del siguiente poema que leyó. Se perdió entre las brumas de la noche. Pero sí recuerdo que después Neil hizo una pausa y dijo, algo avergonzado, que no estaba muy seguro de qué leer a continuación. De inmediato surgieron voces de entre el público, y alguien dijo “The Price”. Otra vez “Smoke and Mirrors”, un cuento escalofriante sobre un gato negro y el diablo, al estilo de Neil Gaiman, es decir, imprevisible y lleno de matices, mejorados por su voz y sus inflexiones.
Siguió un intermedio durante el que yo me retorcí de angustia de nuevo pensando en qué pregunta podría hacerle. Miles. Pero ¿cuál elegir? Mientras, el tono general de conversaciones se elevó en el teatro. Perfectos extraños, atraídos por el sentido de camaradería que nos entra a los frikis en presencia del motivo de nuestro frikismo, entablaban conversaciones. Así me enteré de los sueños y aspiraciones de Matt, y los dos hablamos de nuestros primeros contactos con la obra de Neil Gaiman, de la noche, de relatos favoritos… Mi pregunta siguió sin aparecer clara ante mí. Finalmente garabateé cualquier cosa y entregué el cartoncito a un joven con un cierto parecido a Sexton Furnival que pasaba entre las butacas. Fue entonces cuando vi a Delirio: había estado sentada en la fila de delante, dos asientos a la izquierda, la cabeza menuda cubierta de pelusilla rosa, el cuerpecillo de niña flaca enroscado sobre el asiento y una manita blanca retorciéndose obsesivamente en el aire. En esta noche puede pasar de todo, pensé.
Neil usa la pausa para leer las preguntas, así que fue larga. Mientras, un equipo de televisión que había estado grabando todo el acto (saldrá a la venta pronto en Amazon) fue haciendo entrevistas a gente del público y del CBLDF, y los hambrientos se ponían en una ordenada cola para atiborrarse de chocolatinas y sandwiches de mantequilla de cacahuete.
Tras la pausa, venía el turno de preguntas. No tengo ni espacio ni tiempo para retransmitirlas todas, y a estas alturas muchas de ellas han perdido actualidad, como las aventuras en la publicación de “American Gods” o la confirmación de que Gaiman está escribiendo el guión de la película sobre Muerte. Aparte de preguntas sobre proyectos, la gente se interesó por sus influencias, por sus ideas, por detalles de American Gods, por sus impresiones sobre diversas ciudades de América y Europa, y por la censura en los comics, un punto sobre el que Gaiman siempre está dispuesto a hablar y al que dedica estos tours y una parte no despreciable de sus ganancias. De vez en cuando desliza alguna pregunta demasiado personal de la que responde una parte o deja en el aire con exquisita cortesía británica, y la gente responde con murmullos de aquiescencia: nadie quiere que Neil se sienta en absoluto agobiado o presionado por sus fans. Y con nosotros en el séptimo cielo y él quedándose ronco, tras casi una hora de hablar sin parar después de la pausa, el tiempo de preguntas termina. Neil hojea los tacos de hojas, preguntándose qué leer para terminar la noche, y la elección recae en “American Gods”.
Por aquel entonces aún faltaban meses para que el libro saliera a las estanterías de todo Estados Unidos, y el fragmento que leyó Neil no hizo nada por aliviar la espera. Recuerdo estar sentada, ligeramente tensa para no perderme ni una coma, ni una inflexión, mientras la voz cultivada de Gaiman relataba la llegada de una tribu asiática a las costas de América, trayendo con ellos a su dios-mamut, a su dios-bestia, que les guió en su largo camino a través de los estrechos y las estepas, condenado aun así a desaparecer, como tantos otros dioses que no lo consiguieron, o a permanecer en una versión extraña y aguada de sí mismo, como otros dioses que llegaron y fueron olvidados pero siguieron sobreviviendo anclados a la nueva tierra.
Ovación. Larga ovación, aplausos, aullidos, Gaiman de pie, sonriendo, ligeramente azorado. Pedimos más, queremos más, necesitamos más. Han pasado casi dos horas, pero no lo parece, y ansiamos más magia. Un bis es lo mínimo, Gaiman lo sabe, así que toma de nuevo los papeles y de inmediato se hace un silencio sepulcral. Tiene lugar entonces el momento más bonito, más inesperado, más irreal de la noche.
Gaiman se acerca al micro y dice que quiere leer un poema que escribió cuando nació la hija de Tori Amos, con quien mantiene amistad desde hace muchos años. Blueberry Girl: así la llamaba su madre cuando todavía estaba en el útero. Gaiman aclara que el poema es de índole muy personal, y ruega, casi con timidez, que aquellos de entre el público que estén grabando el acto dejen por favor de hacerlo en ese momento, pues no quiere comercializar este poema en cuestión. Un instante después, por toda la sala suenan los clicks de grabadoras siendo desconectadas, sin un murmullo, sin una protesta, y entre suaves ruidos de aprobación por parte de todos nosotros.
El poema es increíble, os lo juro, increíble: tierno, hermoso, delicadísimo, tan lleno de sentido y de belleza que me alegro de haberlo olvidado, porque no era para mí. Pero envidio muchísimo a la Blueberry Girl, que inspiró esas palabras.
Si antes la ovación fue intensa, ahora es atronadora, tras una pausa durante la que nos recuperamos lo suficiente como para aplaudir (y negaré para siempre que lo que manchó mis notas en ese momento fuera una lágrima). Todos en pie, dedicamos a Neil Gaiman quince minutos de reloj de aplausos, que nos ganan otro bis. Nadie piensa siquiera en volver a conectar las grabadoras: este es un regalo inesperado y lo único que podemos hacer es saborear el momento con toda intensidad.
Y es otro poema, sobre historias, dedicado en esta ocasión a Mandy, la hija menor de Gaiman, que suele pedirle que repita los cuentos, una y otra vez, una y otra vez. Casi sin mirar el papel, con la voz suave y reflexiva, Gaiman desgrana para nosotros el poder de las historias, la obligación que tenemos unos con otros de contarnos historias, de formar el mundo con ellas, de crear. De hacer lo que él hace, magistralmente, como nadie en mucho tiempo ha hecho. Contar historias.
Una y otra vez.
Una y otra vez.
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